“Recuerdo cuando era aquel adolescente que corría desnudo por la pradera”

“Estoy muuuuuy cabrón”

“Me sorprendo a mí mismo”

“Te quiero, inclusive a pesar de ti mismo”

Carlos Meraz.

POR CARLOS VEGA

A Carlos lo conocí, de nombre, en julio de 1997. Tras haber sido categóricamente rechazado por el periódico Reforma para participar en su célebre curso de redacción -que muchos consideraban como una especie de pase semiautomático para ingresar a las fuerzas laborales del diario-, mi premio de consolación fue una invitación de su parte para integrarme a su equipo de cobertura de las primeras elecciones a jefe de gobierno de la ciudad de México. Tú nos vas a ayudar con el distrito XII, me dijeron, y cualquier anomalía o actividad extraña la reportas a este pin, que es el beeper del reportero Carlos Meraz.

Para entonces, Meraz, como era conocido, ya se había hecho de un nombre en el periodismo musical en México luego de cuatro años de cubrir la fuente. Sin embargo, para mí, asiduo lector del diario La Jornada, considerado como la contraparte del por entonces centro-derechista-fresa Reforma, su nombre no me decía absolutamente nada, pero ya por el simple apellido Reportero del Reforma, merecía mis respetos.

Estoy seguro, y lo sé porque lo hemos recordado varias veces, que Carlos me odió sin conocerme aquel seis de julio de 1997. Siguiendo al pie de la letra la instrucción de reportar “cualquier anomalía por mínima que fuera”, y con esa sed de estudiante recién no graduado salido de la universidad, literalmente bombardeé el beeper de Meraz durante casi toda la jornada electoral con una infinidad de reportes que iban desde  “la casilla número 1587 abrió cinco minutos tarde” hasta otros más serios como que en alguna otra casilla había llegado un autobús lleno de “acarreados” del PRI a votar en grupo. Y digo que fue durante casi toda la jornada electoral porque ya entrada la tarde, Meraz me dejó un mensaje de que ya no le mandara nada, que era suficiente con todo lo que había reportado. En ese momento tomé su mensaje más como un “buen trabajo” que como el “!que ya deje de estar chingando este güey!” que seguramente fue.

Después de mis 10 horas de fama reporteril de aquél día, y una vez regresando a las actividades propias del recién no graduado salido de la universidad (hacer nada), empecé a leer por curiosidad el Reforma. Entonces me enteré de quién era Carlos Meraz: nada más y nada menos que el reportero de música de la sección Gente!, con una gran pluma y con una afinidad por el rock que terminaba por completar mi identificación con él. Es decir, el reportero al que estuve jodiendo todo el tiempo con mis mensajes era el mismo que entrevistaba por igual a los Stones que a Soda Stereo, que cubría algún MTV Unplugged en Estados Unidos, y que no pagaba por asistir a todos los conciertos en la ciudad… Interesante.

Un par de semanas después de las elecciones, cansado de no seguir haciendo mucho, aproveché el contacto con el periódico para preguntarles si podía hacer mi servicio social ahí. Tras varias deliberaciones y la promesa de mi parte de que cortaría mi pelo largo y usaría camisa y corbata, algún día de fines de julio entré a la sección de Gente! para cumplir labores tan interesantes como imprimir páginas, llevar la bitácora al recepcionista nocturno con las órdenes de los reporteros para el siguiente día, repartir a los reporteros los boletines que llegaban de sus fuentes… Ah, y una que otra vez hacer alguna nota que salía firmada como “Reforma/Redacción”.  Tres meses después, una vez terminado el servicio social, logré quedarme como reportero de música de la sección junto con Meraz.

Desde el inicio, Meraz no solamente fue un gran compañero sino que, sin planearlo, se convirtió en una especie de mentor para mí, algo que no le gusta que se lo diga pero que yo siempre lo menciono con orgullo y agradecimiento. Cursilerías y dramatismos de lado, para mí fue el equivalente al Lester Bangs con el chico inexperto William Miller de la película Almost Famous. Debido a mi inexperiencia laboral, en aquél momento no me di cuenta de algo que asimilé tiempo después, con el paso de los años: Meraz era, es, un profesional con un don de la generosidad que no muchas veces se da en la profesión, capaz de compartir contactos, fuentes, órdenes, viajes, experiencia, conocimientos… Para mí eso fue fundamental en mi formación como reportero. Pero eso lo sigo diciendo, para mí fue un mentor, un maestro.

Además de su talento como periodista y su profesionalismo, Meraz también destacaba por otra cosa no menos importante pues era el complemento natural y perfecto que daba vida a esa personalidad única: su sentido del humor. Del ingenio de Carlos siempre salía el apodo ideal para toda persona, y pocos en la redacción nos salvamos de ser bautizados con uno de sus sobrenombres. Por otro lado, las voces que hacía para extender una palabra o concretar una frase era únicas, y podían escucharse desde la sección de Deportes hasta la de Cultura. Sus frases, aunque quizá no las mejores o las más ingeniosas, eran únicas y de tantos escucharlas se convertían en graciosas al grado de pedirle muchas veces (aún lo hacemos) que las dijera cuando la ocasión lo ameritaba.

Con el paso del tiempo esa relación profesional trascendió hasta la amistad, que durante muchos años estuvo aderezada de muchos conciertos, reventones, rock stocks, bulldogs, sixtinas, milanes, lobohombos y mucho rock and roll, por un lado, pero también del consejo, la compañía o el apoyo cuando alguno de los dos lo necesitaba. ”Bebimos y vivimos… tocamos las costillas, de nuestra muerte joven”, como dijera el maestro José Cruz.

En Reforma estuvimos hasta finales de 1999, principios del 2000, pero seguimos lado a lado en el proyecto de EsMas (cuna de estos Casi Famosos), aventurándonos en la era digital. Siempre voy a recordar un momento muy especial para ambos, cuando en algún mes del 2002 era prácticamente un hecho que Meraz sería el director de una importante revista de música de la que Editorial Televisa planeaba adquirir los derechos para realizar la versión mexicana. Yo estaba muy feliz por él ante la posibilidad de que, de concretarse el proyecto, sería nombrado director. Pero también me puso muy contento lo que me dijo: “tú vas a ser el editor en jefe”. Viniendo de una persona que no se basa en amistades para cosas profesionales, aquello representó mucho para mí. Al final el proyecto no se concretó para nosotros, pero disfrutamos mucho de la posibilidad y sobre todo aprendimos bastante de eso.

Profesionalmente seguimos lado a lado hasta el 2003, y después cada uno seguimos rumbos diferentes, aunque siempre unidos por ese lazo inquebrantable de la amistad.

En el 2016 nos reencontramos de alguna manera en lo profesional al iniciar, junto con otros amigos y colegas, este proyecto de blog colectivo de Los Casi Famosos, mediante el cual pude de nueva cuenta disfrutar de esos textos suyos siempre tan atinados y precisos, que para mí han sido como revivir aquellos primeros años en Reforma. Y en lo personal retomamos esa amistad que debido al tiempo y la distancia se había quedado como flotando en el aire; una amistad que estaba (parafraseando a uno de sus ídolos musicales, aunque él diga que no tiene) como un accidente esperando pasar.

Desde entonces, hemos estado en contacto permanente mediante nuestro grupo de Whatsapp de Los Casi Famosos. Todos los días escribimos sobre cualquier tontería, sobre otras cosas que no son tonterías, bromeamos, nos peleamos, nos contentamos, nos molestamos. Hacemos de ese espacio nuestro recreo, y aunque en bastantes ocasiones hemos tenido nuestros debates con temas serios, o nos hemos acompañado en momentos difíciles o felicitado en momentos de celebración, la realidad es que ahí sacamos esos niños y adolescentes que aún llevamos dentro, y eso, ya entrados en nuestros años, es de celebrarse.

Hoy, mi mentor, mi maestro, pero sobre todo mi amigo, Carlos Meraz ( Meraz, Mery) cumple 50 años, y se me ocurrió regalarle estas líneas para felicitarlo, y de paso agradecerle nuevamente por todo, principalmente por su amistad.

¡Feliz cumpleaños, Meraz! Y que vengan muchos más.

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