Por JORGE ÁVILA

Una realidad innegable es que existen eventos, personas y/o lugares que cambian la vida. Nueva York es uno de esos. Para quienes hemos tenido la oportunidad de viajar y conocer la llamada Gran Manzana, la energía que irradian sus rascacielos, su historia y lo que significa en el mundo actual, en el que bien puede ser considerada como el ombligo del mundo, la versión actual de lo que fue la antigua Roma durante siglos, puede llegar a ser una experiencia de esas que cambian vidas.

En mi caso así fue. A Nueva York siempre la admiré gracias al cine, pues es la ciudad donde todo suele pasar, desde grandes y apasionados romances hasta los más intensos dramas o la más espectacular acción. El cine se encargó, en mi caso, de darle a esa ciudad un halo de cierto misticismo que me hizo creer que algún día podría llegar a conocerla.

33bf4c8b3c0a7ded2b6719b71f6fe5d4Particularmente mi romance con la ciudad comenzó en 1976, gracias a la versión de Dino de Laurentiis de King Kong, en lo que fue el debut de una entonces bellísima Jessica Lange y la puesta en escena, en un primer plano, de las famosas torres gemelas del World Trade Center, en ese entonces los edificios más altos del mundo y un símbolo de la fortaleza económica de Estados Unidos.

Desde ese entonces, siempre quise conocer las famosas torres gemelas. El destino me llevó a dedicarme al periodismo cinematográfico, por lo que eventualmente existía la posibilidad de que pudiera convertir en realidad uno de mis sueños de infancia, pero nada, nada me preparó para lo que iba a vivir entre mayo y octubre de 2001.

En ese entonces trabajaba como Coeditor de la sección de Cine de EsMas.com, el entonces novedoso portal de Televisa, y un buen día llegó a mi una noticia que, literalmente, cambiaría mi vida: había sido designado para hacer una visita al set de la película infantil Stuart Little 2, que se estaba filmando en Central Park.

Simplemente no lo podía creer. Jamás había salido del país, y el que esa primera vez fuera a la ciudad que Frank Sinatra describía como la del nunca dormir, a la que había admirado en cintas como El Padrino, Manhattan, King Kong, When Harry Met Sally, You’ve Got Mail y tantas otras, que era cuna de infinidad de artistas y que era, simplemente, la capital del mundo, me dejó en estado de shock.

Desde que va uno aterrizando la vibra se siente diferente, pero nada como cuando llega uno a Manhattan, una ciudad que impone y más para alguien novato en esos menesteres como lo era yo. Así, a principios de mayo de 2001 llegué a la famosa Gran Manzana y viviendo una experiencia de película, pues además me hospedé en uno de los hoteles más icónicos de la ciudad y del cine: El Plaza. En ese momento, la vida era perfecta.

STUART LITTLE 2, Hugh Laurie, Geena Davis, Jonathan Lipnicki, 2002, (c) Columbia
STUART LITTLE 2, Hugh Laurie, Geena Davis, Jonathan Lipnicki, 2002, (c) Columbia

Mis primeras entrevistas profesionales fuera de México se llevarían a cabo en Central Park, donde los contados periodistas internacionales que fuimos (cinco en total, entre ellos dos mexicanos: Ana Paula Ayanegui y yo) tendríamos la oportunidad de entrevistar y convivir con Geena Davis, Hugh Laurie, Jonathan Lipnicki y el director, Rob Minkoff.

Más allá de que era un perfecto día de primavera, en el que pasamos largas horas en el set viendo cómo se filmaban algunas escenas y de que las entrevistas con los arriba mencionados fluyeron de manera casi perfecta, siempre recordaré ese día por una anécdota que me ocurrió con Geena Davis. Resulta que en uno de los descansos del rodaje, había un lugar cercano a la famosa fuente de Bethesda en el que se colocó una especie de mesa con café, galletas y agua, para quien quisiera tomarla. En ese momento, por alguna razón, Davis y yo nos quedamos solos, y la plática se dio sin más:

– “Hola, ¿cómo te llamas? ¿De dónde eres?”, preguntó la actriz.

– “Hola, me llamo George y vengo de México, respondí.

– “Bonito país, tiene cosas muy lindas. ¿Primera vez en Nueva York?”, volvió a preguntar mientras veía que tomaba dos vasos y les agregaba café.

geena– “Muchas gracias, pues sí, es mi primera vez aquí y puedo decir que la ciudad es maravillosa…”, respondí cuando, para mi sorpresa, se acercó a mí, me tomó del brazo y me dijo: “Ven, vamos a platicar un momento. Toma”, extendiéndome uno de los dos cafés que traía y llevándome a donde estaban un par de sillas de esas que suelen tener los actores (ya saben, las altas, plegables, de lona) y nos sentamos a platicar.

Lo que siguió fueron casi 10 minutos de una agradabilísima charla en la que Davis me pidió que no grabara, pues no fue de trabajo, sino una plática en la que intercambiamos algunas recomendaciones de lugares a visitar en nuestros respectivos países, pues ella planeaba ir a México al poco tiempo y a mí me dio algunos tips de lugares y zonas que visitar en Manhattan. Todo mientras tomábamos café en Central Park.

La plática se interrumpió cuando llegaron los otros periodistas, que estaban en otra zona, y continuamos con la cobertura del set visit, misma que terminó ya un poco entrada la tarde, misma que aproveché para tratar de ir a visitar las famosas Torres Gemelas, mismas que recuerdo haber visto a lo lejos mientras estaba a la altura de Broadway, si no mal recuerdo. Pero nunca me dio tiempo. Ibamos tan apretados en la agenda que el único lugar que me dio tiempo de visitar fue recorrer algunas calles de la ciudad, por supuesto conocer Times Square y, al final, subirme al Empire State en cuyo mirador -y después de lo que me había pasado con Davis- me sentí, literalmente, en la cima del mundo.

Desde ahí pude ver a lo lejos el World Trade Center, con la esperanza de poder regresar un día a visitarlo. Al día siguiente volví a México completamente cambiado. Nueva York suele tener ese poder, ya sea para bien o para mal, aunque en mi caso fue lo primero. Me dio una perspectiva diferente de las cosas, de la vida en sí y de que, como bien decía Old Blue Eyes, “si alcanzo el triunfo aquí, la voy a hacer donde sea”. Para mí, al menos, ese había sido mi gran triunfo: haber podido respirar y transitar en la ciudad de los rascacielos. En teoría, ya nada podría detenerme.

UN REGRESO MUY EMOCIONAL

ataqueNo sabía si algún día iba a poder regresar a Manhattan, así que la experiencia la atesoré como muy pocas en la vida. Y entonces ocurrió el 11 de septiembre. Más allá del shock que causó en su momento ver lo que supuestamente fueron ataques terroristas en suelo estadunidense (en ese entonces gobernado por el nefasto George W. Bush), y de que se convirtió en el evento que marcó la historia de, al menos, la primera parte del siglo XXI, el momento en que vi por la televisión como cayeron las Torres Gemelas sentí un dolor inexplicable.

No nada más se trataba de las miles de vidas que se habían perdido, sino que vi cómo desapareció un símbolo de mi infancia. A mi no me importaba si el World Trade Center era una representación del poderío económico de Estados Unidos; para mí eran los edificios a los que subió un gorila gigante, con una dama en peligro en la mano, y en los que el primero perdió la vida, de alguna manera, por amor. O al menos eso era lo que yo pensaba a los nueve años de edad. Sabía que si volvía a ir a Nueva York, ya jamás me subiría a ellos.

Pero el destino me hizo regresar a Manhattan exactamente un mes después de los ataques: el 11 de octubre llegué poco antes del mediodía al aeropuerto JFK para cubrir unas entrevistas con Viggo Mortensen, Elijah Wood y Liv Tyler por la primera película de El Señor de los Anillos. Y lo que vi, al menos en mi experiencia, fue algo muy diferente a lo que las noticias transmitían. Pensé que la seguridad en el aeropuerto iba a ser brutal, que los neoyorquinos verían con odio o miedo a los que eran diferentes a ellos, de otras razas, en particular a los musulmanes.

Y no. Si bien en el JFK sí había más seguridad, tampoco era nada exagerado. En las calles el ambiente se sentía, más que tenso, triste. Y eso sí: prácticamente todas las calles de Manhattan, en particular la zona del Rockefeller Center, estaban tapizadas con banderas estadounidenses.Pero fuera de ahí, el sentimiento era más bien de tristeza y solkdaridad ante la tragedia. Llegué a ver, al menos, a tres musulmanes portando su turbante en la calle y la gente no les huía, ni les gritaba “asesinos” ni nada de lo que muchos medios reportaron. Incluso, fui testigo de cómo uno de ellos se topó con un típico neoyorquino, rubio, intercambiaron unas palabrs y terminaron fundiéndose en un abrazo en plena Quinta Avenida.La humanidad siendo precisamente eso: humana.

Durante las entrevistas, los tres actores, por supuesto, tocaron el tema del 9/11 y el mensaje era, básicamente, que el mundo no le podía dar cabida al odio, y que lamentaban la pérdida de tantas miles de vidas, pero que era tiempo de iniciar un cambio. Con ellos no tuve una anécdota en particular, pues el momento no se prestaba más que para la reflexión.Lo que sí hice, después de las entrevistas, fue caminar por la ciudad, en medio de un ambiente que era lo opuesto a lo que había vivido apenas cinco meses atrás. Lo que vi, insisto, era dolor, tristeza y una ciudad que todavía trataba de encontrar respuestas y una razón a lo que había pasado. Pero tampoco vi el odio hacia los musulmanes o a los que eran diferentes, a los extranjeros. Al menos no durante los tres días que pasé ahí.

a2bLo que jamás se me va a olvidar es el olor que había en el sur de Manhattan. El día que caminé por la ciudad me dirigí hacia la llamada Zona Cero, a la cual obviamente no se podía llegar porque los accesos estaban cerrados como 10 cuadras antes. Pero el olor a cadaverina, a concreto pulverizado, se podían percibir perfectamente a kilómetros de distancia. Y la imagen que había visto meses antes, de las dos torres erguiéndose majestuosas en el sur de la ciudad, ahora estaban llenas de un espacio vacío.

A Nueva York he regresado en muchas otras ocasiones, ya fuera de vacaciones con mi esposa para acudir a ver en vivo un concierto de John Williams o por trabajo, pero jamás se va a borrar de mi mente el período comprendido entre mayo y octubre de 2001, en el que viví y sentí a dos ciudades diferentes, a una Manhattan que buscaba la manera de resurgir de entre sus cenizas. No había manera de olvidarlo, pues aunque no físicamente, pero sí de corazón, ése fue el año en que me convertí en neoyorquino…

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