Por CARLOS MERAZ

Siempre he creído que la canción “El Rey”, de José Alfredo Jiménez, es extraoficialmente el segundo Himno Nacional del mexicano. Su entrañable dolor lírico, mezclado con su festivo agave musical, ha dado identidad y raíces a millones de compatriotas aquí y más allá de nuestras fronteras. Es parte ya ineludiblemente de nuestro ADN cultural.

En la información genética de casi 120 millones de mexicanos, nos guste o no, cohabitan personajes atemporales que nos dan esa identidad, que nos unen y por qué no hasta nos dan patria cuando estamos fuera de este bendito y vapuleado “México, lindo y querido”.

wp-1472851395428.jpgSi antes existía un binomio intocable para nuestra cultura, ajeno a cualquier crítica destructiva -porque también las hay constructivas- compuesto por Pedro Infante y la Virgen de Guadalupe, desde el pasado 28 de agosto, la dupla de personajes sin mácula se volvió ya una sagrada trinidad, con el ascenso de Juan Gabriel a ese status de ídolo musical del pueblo de México.


Nos puede o no gustar su obra, eso es algo estrictamente personal. Lo que sí está fuera de discusión es su arraigo en varias generaciones, desde los “baby boomers” hasta los “millennials”. Por ello el argumentar que sus canciones son ramplonas o que educaron los oídos del vulgo en la cola de las tortillas se me hace no sólo hortera y clasista, sino ignorante de todo un fenómeno mediático.

wp-1472851410939.jpgQuizá sus más férreos detractores de “castos oídos” -que solo escuchan música clásica, jazz o en su defecto rock, lo tachan de ser un compositor para la “servidumbre”- han olvidado que su repertorio se escenificó no una sino varias veces en el máximo recinto cultural del país: el Palacio de Bellas Artes; ante una audiencia económicamente acomodada de políticos y empresarios, así como de respetados intelectuales. Todos ellos lo ovacionaron de pie y posteriormente compraron el álbum para incorporarlo a su discoteca, y luego decirle a sus “refinadas” amistades que era regalado o le pertenecía a su esposa, pues para ellos el bluf, como el show mismo, siempre “debe continuar”.

Más allá de la dramatización y amaneramiento en el “performance” de Juan Gabriel, el legado musical de Alberto Aguilera Valadez es de una valía innegable, más allá del hit y las millonarias regalías, pues por su amplio espectro sonoro  se ubica, otra vez, mucho más allá, del simple gusto culpable para edificarse en un género musical por sí mismo.

wp-1472851378237.jpgSu clásico “Costumbres” es contundente: “No cabe duda que es verdad que la costumbre es mas fuerte que el amor”, y Juan Gabriel nos tenía a los mexicanos tan acostumbrados a su música, que quién puede jactarse de no saber alguna frase de su repertorio que, además, no le pide nada en letras y éxitos al de grandes compositores del cancionero popular mexicano como Agustín Lara, Álvaro Carrilo, José Alfredo Jiménez o Armando Manzanero.

Si en muchas mentes de melómanos quedaron grabadas terribles fechas, como el  16 de agosto de 1977 (la muerte de Elvis Presley), el  8 de diciembre de 1980 (el asesinato de John Lennon), el 5 de abril de 1994 (el suicidio de Kurt Cobain) o el 25 de junio de 2009 (el deceso de Michael Jackson), el 28 de agosto de 2016 también se inscribe en el inconsciente colectivo del mexicano como un día de luto ante la pérdida de un compositor “self-made man”, autodidacta y origen humilde que, sin rimbombantes estudios en el conservatorio y carente de un apellido de prosapia, puso a bailar y a cantar al pobre, al rico, al macho, al gay y finalmente también, muy a pesar de la contraria opinión de Nicolás Alvarado, desde al más “naco” hasta el más sibarita, con lentejuela y dimisión incluida.

wp-1472851362543.jpgEn estos días México suena al “Noa Noa”, a “No tengo dinero”, a “Yo no nací para amar”, a “Amor eterno” o a Siempre en mi mente”,  por citar algunos de sus temas. Al lugar que se vaya, desde el sitio más VIP hasta el lugar más arrabal o en las mismas calles, sus canciones son omnipresentes. Ese es el más grande reconocimiento al que puede aspirar un artista musical: a ser querido, llorado, extrañado, cantado y “tocado”. Lo demás, es lo de menos. 

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