POR JORGE ÁVILA

Mi carrera en medios de comunicación comenzó en enero de 1997, cuando entré a formar parte del equipo de promociones de WFM 96.9, que en esa época estaba dirigida por Martín Hernández. Si bien he comentado aquí que inicié con el pie derecho y aprendiendo en las grandes ligas gracias a Martín y compañía, también es cierto que el haber estado en la estación me sirvió para comenzar a desarrollar una trayectoria que me ha llevado, a lo largo de casi ya 20 años, a entrevistar a infinidad de celebridades, algunas más grandes que otras.

Pero hubo una en particular que estará ligada para siempre con lo que considero fue mi “despegue” en el mundo del periodismo de espectáculos: Lolita Cortés. A ella la conocía, como la mayoría, por la televisión, gracias al Festival Juguemos a Cantar, Siempre en Domingo o ese tipo de programas que había en la década de los años 80. En realidad nunca me interesé en su carrera más allá de saber que era poseedora de una gran voz, pero hasta ahí.Sin embargo, todo eso cambió más o menos a mediados-finales de 1997, cuando ya estaba en la cartelera teatral de México la primera versión en español de La Bella y la Bestia, el musical de Broadway basado en la película animada de Disney que, dicho sea de paso, fue la primera cinta de animación nominada al Oscar a Mejor Película. Recuerdo perfecto que un día estuvieron en cabina ella y Roberto Blandón, quien interpretaba a Bestia, en una entrevista con Martín. Me llamó la atención, aunque no sabía nada de la obra, porque la película de 1991 se había convertido en una de las favoritas de mi entonces novia (ahora esposa) Susana y mía.

 

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Lolita Cortés, durante la puesta en escena original de La Bella y la Bestia en México, en 1997.

Una de las ventajas de trabajar en Televisa era que constantemente teníamos boletos para poder asistir a los espectáculos de moda, y una de esas oportunidades fue para ir a ver La Bella y la Bestia, que se presentaba en el remodelado Teatro Orfeón, en el Centro Histórico.

Mi mujer y yo acudimos a la cita -varias semanas después de la entrevista en cabina-  y lo que pasó después siempre lo hemos descrito ambos como algo mágico. Tan impactados quedamos de lo que acabábamos de ver que, al final de la función, le dije a Susan: “Tengo que entrevistarlos. Ven acompáñame…” Y así, sin tener más experiencia que la voluntad de conocerla, nos dirigimos hacia el área de camerinos, confiando en que podía dar perfecto el “charolazo” al decir que iba de parte de Televisa. Era como el anuncio de American Express: la llave de México y el mundo.

Esa noche sólo alcanzamos a ver al elenco salir por las típicas puertas laterales que tiene todo teatro que se precie, pero conseguí concertar una cita para, días después, poderlos entrevistar. Mi intención era platicar con Cortés, quien era la estrella de la puesta. Sin embargo, nunca imaginé lo que pasaría después. La cita fue unas horas antes de una función, y nos pasaron (a Susana y a mí) al camerino de Lolita, quien se estaba preparando para esa noche.

Lo que originalmente iban a ser 10-15 minutos, por alguna razón se convirtieron casi en 40, y no sólo eso, sino que no solamente entrevisté a Lolita, sino prácticamente a los más importantes del elenco: Sergio Zaldívar (Gastón), Tonny Batres (Lumiere), René Azcoitia (Din Don), Roberto Blandón (Bestia). De repente, y sin haberlo previsto, me encontraba viviendo de lleno en el mundo del teatro, en esa parte que pocos conocen, pero que es donde se arman las grandes historias: tras bambalinas.

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Roberto Blandón y Lolita Cortés, quienes dieron vida a Bestia y Bella, respectivamente, en la corrida original de la obra en México.

No sé explicar exactamente qué fue lo que pasó con Lolita Cortés durante la entrevista en su camerino. No sé si fue porque nos vio como una bonita pareja, si fue nuestro trato hacia ella, si hice las preguntas adecuadas, si reconocí el talento de ella… pero salimos de ahí no sólo con una muy buena entrevista (que semanas después se transmitió por la estación), sino con el teléfono de ella y una sensación de que algo fuera de lo normal había pasado. Fue el inicio de una incipiente amistad que nos llevó, durante los meses siguientes que duró la obra, no sólo a volverla a ver en repetidas ocasiones, sino a crear una amistad con varios de ellos, aunque siempre la más fuerte fue, en particular, con la estrella de la obra.

¿Qué fue lo que me dijo Lolita (odio llamarla Lola, como desde hace muchos años ella misma se llama, pues siento que es muy tosco) durante esa primera entrevista? Francamente, no lo recuerdo. El audio aún lo conservo en algún lugar, pero lo importante no fue eso, sino que fue la primera vez que pude conocer no a una estrella de la escena, sino a la persona real. De inmediato nos cautivó con sus atenciones, su exquisita amabilidad, su humildad y, por supuesto, su talento.

Pero la cosa no paró ahí. No fue el caso de una muy buena entrevista en la que todo se conjuntó para que saliera perfecta y después todo eso quedaría como un simple recuerdo de un trabajo bien hecho. No.Tampoco recuerdo exactamente en qué momento fue, pero entre Susan y yo le hicimos una carta muy emotiva que le regalamos, en la que le agradecíamos por su arte y por todo aquello que nos había hecho sentir al verla en escena.

El texto, por supuesto, le encantó, y no sé si fue por eso o no, pero la amistad con ella creció a niveles que, creo, nunca he podido repetir con ningún famoso y que me ha dejado recuerdos imborrables, como las varias visitas que le hicimos en su casa (en ese entonces vivía en la Colonia Del Valle, en Juan Sánchez Azcona, si no mal recuerdo); la inolvidable cena que disfrutamos en alguna ocasión en La Pérgola junto con su entonces esposo y padre de sus dos hijos (aunque en ese entonces sólo tenían al primero, Mariano), Sergio Romo, hijo de Alma Muriel; las largas pláticas acerca de la vida, el cine, el teatro, anécdotas y más en la sala de su casa; las varias veces que la aplaudimos a rabiar en primera fila tras una función de La Bella y la Bestia; la inolvidable fiesta de fin de temporada de la obra; y hasta cuando la invitamos a nuestra boda.

Mi esposa, Susana, con Lolita Cortés después de una de las funciones de La Bella y la Bestia en su segunda época en México, en julio de 2008.
Mi esposa, Susana, con Lolita Cortés después de una de las funciones de La Bella y la Bestia en su segunda época en México, en julio de 2008.

Después, como era de esperarse, ocurrió lo inevitable: la vida. Yo, por un lado, salí de WFM, me casé, me dediqué a trabajar y esa gran época, tan llena de magia, se fue tan rápido como llegó. Ella se embarazó de su segunda hija, Dariana, y prácticamente perdimos el contacto. Aunque a partir de entonces siempre seguí de cerca su carrera, no la volvimos a ver en persona sino hasta casi 10 años después, en 2008, cuando se repuso La Bella y la Bestia. La habíamos ido a ver en otra maravilla de obra, El Fantasma de la Ópera, pero no nos acercamos a ella después de la función.

Lo mejor fue que, al esperarla al final de la función, nos recordó perfectamente bien y volvimos a compartir un poco de esa magia que hubo años atrás. Posteriormente la volvimos a ver en Dulce Caridad y desde entonces eventualmente llegamos a tener alguna comunicación por Twitter, y aunque el cariño continúa, obviamente ya no es lo mismo. A veces la llegábamos a ver en la televisión, cuando era una de las jueces en La Academia o en El Rival Más Débil, pero para entonces en TV Azteca le habían inventado una personalidad que siempre nos chocó, pues la presentaban –como lo menciono en mi columna en Diario 24 Horas– como una especie de Cruella de Vil dura, ruda, hasta cierto punto altanera, que en nada checaba con la Lolita que habíamos conocido. Pero bueno, sencillamente era eso, un personaje más que estaba interpretando.

Nunca nos tomamos fotos de la época que comparto en este texto. Ésta pertenece al 28 de julio de 2008, cuando la volvimos a ver 10 años después, a la salida de una función en el Teatro Telmex.
Nunca nos tomamos fotos de la época que comparto en este texto. Ésta pertenece al 28 de julio de 2008, cuando la volvimos a ver 10 años después, a la salida de una función en el Teatro Telmex.

Tan especial fue esa época para mi esposa y quien esto escribe que no podemos evitar pensar en ella cada vez que vemos La Bella y la Bestia con nuestra hija. Fue una época y una amistad que, como pocas cosas, pasó a formar parte de nuestro ADN, y para mí fue el inicio de una larga carrera que me ha llevado a lugares lejanos, a entrevistar a grandes personalidades del espectáculo y a tener recuerdos inolvidables debido a ello.

Apenas hace unos días, la producción del musical Mentiras le rindió un merecido homenaje a Lolita Cortés, que terminó en su coronación como la Reina de los Musicales en México. Para mí, ella ya era la reina desde hacía muchos años y siempre formará parte esencial no sólo de mi carrera, sino de mi vida en general. Así que sirvan estas líneas para homenajear, y agradecer, a la que considero mi madrina, la primera gran estrella a la que entrevisté y que, de alguna manera u otra, me regaló un poco de su magia y me hizo formar parte de su mundo.

La dedicatoria que me escribió Lolita en el programa de la obra, en junio de 1998.

 

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