Johan Cruyff fue el único futbolista que yo aspiraba a ser. En mi personal panteón futbolístico, Pelé y Maradona están un escalón abajo del mítico holandés que fue el cerebro de uno de los mejores equipos en la historia del futbol (la selección holandesa de los 70).

Todos los que hemos pateado un balón, vestido un uniforme y participado en alguna liga, sobre todo de niños, teníamos un referente máximo, una figura que soñábamos con replicar, una aspiración superlativa con nombre y apellido.

Cuando Cruyff ya no corría por las canchas sino que organizaba todo desde la banca del Barcelona FC a inicios de los 90 (con ese portento de equipo que incluía a Ronald Koeman, Guardiola, Stoichkov, Romário, Michael Laudrup y José Mari Bakero) yo era un puberto que aún aspiraba a ser futbolista profesional mientras jugaba en la filial de fuerzas básicas infantiles-juveniles de un equipo de primera división- los Tiburones Rojos de Veracruz.

Mi profunda empatía hacia Cruyff y todo lo que proponía como ideología y filosofía futbolística partía de algo muy sencillo y concreto: para jugar bien hay que pensar, y luego correr y patear.

Yo sabía que no era ni el más rápido del equipo, ni el más habilidoso, mucho menos el más alto o fuerte. Podía presumir de ser titular pero no de mucho más. Pero desde entonces yo sabía que lo mío, lo mío, era pensar y estudiar, y que había alguien que en una cancha de futbol había convertido esa capacidad en un talento de juego sinigual (ya sea en la Naranja Mecánica o en el Barcelona, como jugador o como entrenador). Que lo que me faltara en capacidades atléticas o físicas podía compensarlo con agilidad y destreza mental en la cancha. Me gustaba la idea de que en la cancha era necesario alguien listo o inteligente, alrededor de los más rápidos y fuertes.

A diferencia de Maradona, Pelé y tantos más cuyos talentos son innegablemente innatos, Cruyff tuvo que trabajar en adquirir los suyos. Se dice que a sus 15, cuando aún entrenaba en las fuerzas básicas del Ajax, en Amsterdam, Cruyff era incapaz de enviar un buen centro de pierna derecha, y su habilidad con la pierna izquierda era casi inexistente. Es fácil para quienes no nacimos con la magia de un Messi o Ronaldinho, sentirnos de inicio más cercanos a un futbolista como Cruyff.

Mientras ese Dream Team del Barcelona escribía las bases del fenómeno de futbol mundial que hoy es con ese particular estilo de juego centrado en la posesión del balón, yo pasaba de la secundaria a la preparatoria y en el proceso tomaba la decisión de apostar por una formación educativa en lugar de por una carera deportiva (sí, es quizás una de esas extrañas anécdotas infantiles-juveniles que pocos conocen y que uno tampoco va por la vida pregonando a cada oportunidad, pero en mi adolescencia tuve la posibilidad de elegir el camino del futbol como carrera profesional… full disclosure: a mis 15-16 años (1992-1993), el Necaxa me quería para integrarme a las fuerzas básicas de su primer equipo).

Sé que hubiera llegado a debutar. Quizás me hubiera convertido en titular de ese o algún otro equipo, pero no estoy seguro de que hubiera pasado de eso en términos de relevancia y capacidades.

Durante la prepa y la universidad seguí jugando futbol. Como muchos, con los equipos de la escuela o la facultad. Y desde esos años, cuando al entrar a un equipo me preguntaban qué número de camiseta me gustaría tener, la respuesta fue siempre la misma: el 14. El eterno número de Cruyff.

Porque Cruyff significaba en el futbol, la ideología y filosofía con la que más me puedo identificar, dentro y fuera de una cancha: el valor y apreciación del pensamiento, de la inteligencia, de las ideas y el cerebro.

Porque Johan Cruyff fue el único futbolista que hubiera querido ser.

ADIÓS AL ARTÍFICE DEL FÚTBOL MODERNO

Por Miguel Andrés González

Con la muerte de Johan Cruyff, millones de amantes del balompié perdemos a la figura que revolucionó el fútbol moderno hasta el punto de volverlo vistosamente atractivo, con una táctica que derrotó al juego basado en patadones, esfuerzo físico o, en algunos casos, la especulación y el azar.

Este genio de las canchas supo triunfar tanto como jugador como, años después, cerebro del banquillo, al aplicar en su manual las enseñanzas de la escuela holandesa del fútbol total, la cual -y se dice fácil- expone que la mejor defensa es un buen ataque, que al balón hay que mimarlo con paciencia y buen trato y que al rival hay que presionarlo por todo el campo.

La mejor expresión de esas teorías se ha visto con la “Naranja Mecánica” de los años 70, el FC Barcelona de principios de los 90 y el actual y, para mi gozo y fortuna, la selección española de la última década con su genuino “tiqui-taca”.

Heredero de la disciplina que impuso Rinus Michels primero con Holanda y luego con el Barça, Cruyff, considerado por los sabios como un talento al nivel de Pelé, Di Stéfano y Maradona, dejó un estilo, una escuela que incluso Jorge Vergara trató de adaptar al Guadalajara recientemente. Sin embargo, también descubrimos que esos principios no son aplicables a cualquier club, ya que, para construir un equipo, hay que hacerlo con base en los jugadores adecuados; nunca pedirle a los jugadores que lo hagan en forma natural. Por ejemplo, el Real Madrid nunca ha seguido ese camino y no parece que vaya a incorporarlo a su ADN.

Cruyff reunía cualidades físicas, técnica exquisita e inteligencia como nadie y eso lo llevó a ganar tres Balones de Oro, además de insertar al Ajax y a Holanda en el mapa futbolístico mundial. Hizo que muchos se enamoraran de este deporte. La Holanda de Gullit, Rijkaard y Van Basten fue más espectacular y terminó por confirmar esa apuesta.

El Barcelona se arriesgó con Cruyff al darle poder en el banquillo y esa semilla dio frutos a través de su cantera, conocida como La Masía. Pasó de ser un club realmente segundón a plantarle cara a las fieras de toda Europa, ganando su primera Copa de Europa (ahora Champions League) en 1992 y a llevarse cuatro Ligas en forma consecutiva. Su juego, vertical (pero también sabiendo tocar en horizontal), que asfixiaba al oponente, causaba admiración, pero la perfección no llegó con él, sino 15 años después, con sus alumnos más distinguidos: con Guardiola en la orilla del campo y Xavi, Iniesta y Messi sobre el césped.

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