POR CARLOS MERAZ

Fotos: Cortesía de Fernando Aceves, EMI Music y Sebastian Kruger

Desde niño, en la Jardín Balbuena, la colonia donde crecí, los Rolling Stones fueron el grupo de rock omnipresente en mi vida, y no solo por sus canciones, sino por dar nombre a una pandilla del barrio que con su sagrada trinidad de “cannabis, cerveza y peleas” se ganó, a punta de sangre y moretones, el respeto de otras bandas de las zonas aledañas a la zona oriente de la Ciudad de México.

Uno de los integrantes de aquella aguerrida camarilla de barrio, “El Neto”, el más “cool” de la cuadrilla que emulaba a la perfección el pasito coreográfico de “gallina cloaca” de Mick Jagger, solía clamar a los cuatro vientos, con la mirada enrojecida y enfocada en la nada: “Si no andas hasta tu madre no eres un Stone”.

En los años 70 y 80 no existía otra alineación musical con esa aura de “bad boys” que The Rolling Stones, algo que a todo rebelde incomprendido, llámese adolescente en tránsito a la juventud, atrapaba al instante con, eso sí, satisfacción garantizada, mediante un adictivo cóctel sonoro pintado del negro rhythm & blues estadunidense y con el delicioso sabor del prohibido rock de manufactura británica.

jaggerstonesemimusic2En ese entonces, en el dormitorio de la casa de mi prima Gena, quien también pasó sus “años maravillosos” en la Balbuena, había un letrero en la puerta de su “cuarto hippie”, que era casi una declaración de principios de su juventud y una amenaza para el niño que en mi habitaba: “Prohibida la entrada a menores de 18 años…”, y yo apenas un niño al que le faltaba una larga década para poder ingresar a ese mundo del rock, con pósters en las paredes y tesoros musicales materializados en elepés de esos “greñudos” que azotaban las “buenas costumbres” de una sociedad que se resistía a ser joven.

Por la mente de aquel niño que fui nunca pasó la idea de que algún día vería en concierto a The Rolling Stones, en 11 ocasiones, en México, Londres, Barcelona y otras ciudades de Estados Unidos, y mucho menos que por mi oficio de periodista tendría la fortuna de entrevistar en persona al mismísimo Mick Jagger, la viva encarnación de las más bajas pasiones en el universo del rock.

Después de ver de cerca a Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts en la primera y única conferencia que dieron en esta ciudad, con motivo de sus cuatro shows en el entonces Autódromo Hermanos Rodríguez con la gira “Voodoo Lounge” a principios de 1994; a finales de 1997 conseguí una entrevista en persona con Jagger en el hotel Ritz Carlton de West Palm Beach, Florida, con motivo de su tour “Bridges To Babylon” que en México lo escenificarían durante dos noches.

Ambas experiencias con “Sus Satánicas Majestades” para cualquier pendenciero miembro de los “Stones” de la Balbuena equivaldrían a la mejor de las victorias,  después de tantas “madrizas” y al más grande “toque” celestial, tras largos viajes a bordo de innumerables sustancias ilegales.

¿SIMPATÍA POR JAGGER?

Sin embargo la imagen desenfadada de Jagger, solo era parte de su “outfit”, pues el ya mítico “rock star” de entonces 54 años estaba que echaba fuego por su prominente boca, gracias a un cuestionamiento de un incómodo periodista argentino que me antecedió en la sesión de entrevistas.

jaggerstonesfernandoaceves1Resulta que el susodicho porteño viajó más de 7 mil kilómetros para preguntarle si era cierto que podía emular la hazaña Guinness de un actor de circo de los años 30, conocido como “Carlos tres pelotas”, que podía contenerlas en su boca y además chiflar al mismo tiempo. Eso provocó primero la incredulidad de Jagger y, casi de inmediato, su furia, que dio por terminada esa sesión “face to face”.

El aeróbico Jagger en escena llegó a la siguiente ronda de entrevistas con la parsimonia de un cuasi sesentón, lo que nunca parece lucir en sus presentaciones en directo; con la figura encorvada y la mirada clavada en el piso, muy lejos del rockero atleta que hoy condena todos los vicios que forjaron su leyenda en la juventud.

Sin duda ese no era su día de suerte, pues además de lidiar con la prensa, al llegar al salón de entrevistas del lujoso hotel tropezó con un cable del equipo de grabación DAT (Digital Audio Tape) que mi colega, el locutor de radio Pepe Campa, había escondido bajo el tapete y que casi ocasiona su caída y, posiblemente, el final de una ambiciosa, mastodóntica e incipiente gira mundial.

Para el “frontman” de una banda que no sabe de jubilaciones ni de fondos de retiro para su vejez, Jagger parecía dispuesto a mandar a volar todo ese día y retirarse a alguna de sus residencias de descanso en ambos lados del Atlántico, pues parecía que por su mente y su boca aún circulaban las tres pelotas que hacían de él un fuera de serie más que su propia música, pletórica de temas ya clásicos desde su primera composición, “As Tears Go By”, hasta su hit del momento, “Anybody Seen My Baby?”.

jaggerstonesemimusic1Con un rostro adusto como el de una efigie esculpida en piedra y con la mirada discretamente puesta en su reloj de pulsera, para no regalarnos a Campa y a mí ni un minuto más de los 15 establecidos; el rostro mediático de los Stones nunca ofreció su encantadora sonrisa; al contrario, lucía como de funeral, harto de la prensa y de sus circenses cuestionamientos. Sin embargo si uno lo observaba con detenimiento podría percatarse que, en efecto, en su descomunal boca igual y no cabían tres pelotas de golf, pero sí fácilmente entraba un puño que le impidiese hablar.

Anuncios