POR JORGE ÁVILA

Una de las experiencias más satisfactorias a todos niveles que he tenido como periodista y amante del cine ocurrió hacia finales de febrero de 2007, cuando se llevó a cabo la entrega número 79 del Oscar, en el Kodak Theatre de Los Ángeles. Fue especial porque si bien el talento mexicano ya había sido nominado y reconocido con anterioridad por la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood (AMPAS), el ver el nombre de un mexicano aspirando al premio más famoso del cine era algo esporádico.

A partir del año 2000 las cosas comenzaron a cambiar, con la nominación al Oscar ese año como Mejor Película Extranjera para Amores Perros, de Alejandro González Iñárritu; en 2002 fue el turno en esa misma categoría de El Crimen del Padre Amaro, de Carlos Carrera; de Salma Hayek como Mejor Actriz, por Frida; y de Alfonso y Carlos Cuarón a Mejor Guión Original por Y tu mamá también; y en 2005 fue Rodrigo Prieto el nominado por su trabajo en Brokeback Mountain.

Pero 2006 fue especial porque fue el inicio de una invasión de talento nacional no sólo en las grandes producciones de Hollywood, sino en las nominaciones al Oscar. Ese año hubo 10 mexicanos nominados en diversas categorías, un récord que continúa hasta la fecha en cuanto a cantidad, más no a calidad. La historia ya es conocida, con los triunfos que han tenido en años recientes El Negro Iñárritu, el Chivo Lubezki y Alfonso Cuarón, pero la ceremonia de 2007 fue el parteaguas que puso en el ojo del mundo al talento mexicano. Fue la gran ventana que nos ha traído hasta ahora… y vaya que fue una experiencia inolvidable.

Siempre he creído que si haces bien tu trabajo, si tratas bien a las personas, puedes obtener resultados inesperados. Y así fue ese viaje a Los Ángeles, al que fui a cubrir la entrega del Oscar por parte del diario deportivo Récord, donde en ese entonces era el editor de cine de la sección de espectáculos, CIRCO. Tener a tantos mexicanos nominados significaba que desde semanas antes de viajar tenía que hacer decenas de llamadas telefónicas, enviar igual número de correos electrónicos y tratar de agendar la mayor cantidad de eventos posibles para, una vez estando allá, tratar de hacer una buena cobertura periodística. Lo que nunca imaginé fue que se convertiría en una experiencia de vida que me dejaría marcado tanto a nivel personal como profesional.

De entrada, era imposible cubrirlo todo, por lo que me concentré sólo en algunos nombres: Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón, Adriana Barraza, Eugenio Caballero y Rodrigo Prieto. No, en esa ocasión no hablé con Iñárritu (al menos no en Los Ángeles), ni con Arriaga ni con Lubezki, pero sí con el resto de los mencionados.

LA ENTREVISTA BANQUETERA

La primera entrevista que tenía pactada era con Adriana Barraza, quien estuvo nominada como Mejor Actriz de Reparto por su trabajo en Babel, de Iñárritu, con quien ya había trabajado en Amores Perros. Desde que la contacté en México para quedar de acuerdo, siempre fue una dama en su trato y extremadamente amable, al grado que me dio su número personal de celular para cualquier cosa que se pudiera ofrecer una vez estando en Los Ángeles.

Adriana Barraza, durante la entrega del Oscar en 2007.
Adriana Barraza, durante la entrega del Oscar en 2007.

El día de la entrevista -que le iba a realizar en su hotel, con todo y sesión de fotos- había un evento previo: la plática que siempre dan en las instalaciones de la Academia los cinco directores nominados a Mejor Película Extranjera, donde estuvo presente Del Toro.

Pero el evento se alargó más de lo esperado, así que saliendo del mismo me dispuse a tomar un taxi para dirigirme al hotel de Barraza, que no estaba muy lejos de donde me encontraba. Pero fue un error o falta de experiencia, pues conseguir un taxi en esa zona de Los Ángeles, a esas horas (más o menos las 13:00 horas), es prácticamente imposible.

Angustiado por no poder llegar a tiempo a mi encuentro con ella, y después de varios intentos de conseguir un transporte que me llevara a su hotel (experiencia: la próxima vez lo mejor es rentar un auto para desplazarse por la ciudad), le llamé por teléfono pensando que me iba a cancelar o a molestarse por el retraso. Y yo tenía que publicar esa entrevista a como diera lugar. Así que supongo que fue mi tono de voz, o mi tono angustiado, lo que la llevó a decirme:

– Querido Jorge, no te angusties. Esta ciudad es imposible y más en estas fechas. ¿Dónde estás?

– Estoy a una cuadra de la Academia de Cine…

– No es lejos, pero nunca vas a llegar. Mira, hazme un favor: dame cinco minutos, ubícate en una zona con buena señal y sombra, y márcame. Hacemos la entrevista por teléfono.

El calor ese día en Los Ángeles era insoportable, por lo que localicé la parte baja de un edificio alto, con sombra, y le llamé.

– ¿Listo, mi Jorge? Venga, pregúntame lo que quieras… has sido tan amable en estas semanas que lo menos que puedo hacer es darte el tiempo que necesites.

Y así realicé, sentado en una banqueta de Los Ángeles, una de las mejores entrevistas que he hecho, en la que hablamos no nada más de Babel o de su trabajo como actriz, sino de la vida, de su esposo, Arnaldo Pipke, quien siempre fue un caballero, y de mil cosas más que no salieron publicadas pero que guardo con gran cariño. Le deseé suerte y nos despedimos con mucho afecto, el cual se sentía sincero. Después de eso he hablado con ella pocas veces, pero siempre me recuerda con gusto y eso es motivo de orgullo.

CRÓNICA DE UN OSCAR ANUNCIADO

Otro de los nominados fue Eugenio Caballero, con quien me puse de acuerdo desde México para entrevistarlo en persona en su hotel. Cuando llegó el día de la entrevista, la cual se llevó a cabo en una de las salas de descanso del Four Seasons de Beverly Hills, una de las cosas que más me llamaron la atención no fue tanto la humildad de Eugenio, quien competía por el Oscar a Mejor Dirección de Arte por El Laberinto del Fauno, sino que estaba solo, sin prensa alrededor.

Eugenio Caballero, durante la entrevista realizada en el Four Seasons de Beverly HIlls, en febrero de 2007
Eugenio Caballero, durante la entrevista realizada en el Four Seasons de Beverly Hills, en febrero de 2007

Eso propició que se sintiera en confianza y lo que originalmente iba a ser una entrevista de 10-15 minutos, se convirtió en una charla de más de una hora en la que, como un extra totalmente inesperado, me dijo durante un momento de la entrevista:

– ¿Quieres que te enseñe algunos de los diseños con los que trabajamos en el filme?

Acto seguido, sacó de una mochila su laptop, la abrió, le introdujo su contraseña y, a los pocos minutos, me dio acceso a decenas de ilustraciones, bocetos, notas y demás cosas con las que diseñó el ambiente para la película de Del Toro.

– Esto está poca madre, Eugenio. ¿Crees que me puedas dejar tomarle unas fotos para publicarlas con el reportaje?

– Por supuesto, por eso te las estoy mostrando. Además, sé que tú les vas a dar un buen uso.

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Y tenía razón, pues nadie publicó un reportaje tan completo (con fotos exclusivas incluidas), como el que yo le hice. Ya casi para terminar, y en parte llevado por la emoción de tener una buena nota y por haber visto el trabajo que hizo, le dije:

– Eugenio, esto es increíble, en verdad. Y de una vez te lo adelanto: el Oscar va a ser tuyo.

– No, cómo crees (se río). Estoy muy orgulloso de lo que hicimos, pero no creo que me pueda ganar el Oscar.

– Te lo vas a ganar. Y de mí te acuerdas. Ese día te voy a estar felicitando en la noche y te voy a decir: “te lo dije”.

– Pues no sabes cómo me haces sentir. Te agradezco tus palabras y tus buenos deseos, y pues ojalá tengas razón, aunque para mí esto ya es un triunfo.

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Eugenio Caballero y yo, después de la ceremonia donde obtuvo el Oscar a Mejor Dirección de Arte, en febrero de 2007.

Fueron palabras de profeta. Días después, Caballero ganó el Oscar y, al terminar la ceremonia, varios colegas mexicanos y yo estábamos en el hotel de enfrente del Teatro Kodak, el famoso Hotel Roosevelt. Estábamos en la parte de abajo, en una entrada que daba hacia el Kodak, cuando entró Eugenio cargando su Oscar. Al primero que vio fue a mí, y con una gran sonrisa me dijo: “¡Tuviste razón! ¡Muchas gracias, me echaste la buena suerte!”. Mi respuesta fue, obviamente: “Te lo dije”, seguida de los abrazos de felicitación y demás.

Esa noche, la producción de El Laberinto… organizó una fiesta de festejo en un piso del hotel, en la cual estuvimos muy pocos medios nacionales. Ahí pude ver nuevamente a Eugenio, a Bertha Navarro (productora del filme, y quien fue la que nos invitó), a los actores Doug Jones e Ivana Baquero, así como a los ganadores por Mejor Maquillaje, los españoles David Martí y Montsé Ribé, y brevemente a Guillermo Navarro, quien se convirtió en el primer Director de Fotografía mexicano que obtuvo el Oscar, también por el filme de Del Toro. Extrañamente, este último nunca llegó a la fiesta, nunca supimos si por la depresión de no haber ganado el Oscar como Mejor Película Extranjera, porque estuvo dando entrevistas o porque simplemente estaba exhausto después de tanta presión. Pero el orgullo mexicano se sentía por todos lados.

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CAFETEANDO CON UN EX NOMINADO

Días antes de la ceremonia, había quedado de hacerle una entrevista a Rodrigo Prieto, quien un año antes había estado nominado al Oscar de Mejor Fotografía por Brokeback Mountain, de Ang Lee. La noche anterior a encontrarme con él, le llamé por teléfono desde mi hotel para quedar de acuerdo en la hora, pues ese mismo día habría una conferencia de prensa para medios latinos en el Four Seasons con todo el equipo de El Laberinto del Fauno. Así que quedé de verme con Prieto en su casa, ubicada un poco al noreste de Beverly Hills. Al llegar al lugar, no localizaba el número exacto, así que le llamé por teléfono. Salió de su casa y me encontró justo en la esquina.

Rodrigo Prieto
Rodrigo Prieto, a la entrada de su casa en Los Ángeles, tras la entrevista que le realicé previo a la 79 entrega del Oscar.

– Hola, Jorge. ¿Tuviste problemas en llegar?

– Ninguno, sólo que no daba con tu casa.

– Mira, vivo aquí (me señaló la entrada de su hogar). Pero fíjate que la familia está dormida… ¿te importa si vamos a desayunar por aquí cerca? Conozco un buen lugar, y si no está abierto al menos hay un Starbucks donde podemos platicar a gusto.

Sacó su camioneta, me subí a ella y nos dirigimos a un pequeño centro comercial de esos que abundan en EU, de los que son varios locales que dan hacia un gran estacionamiento y que se ven tranquilos, justo como para echar una buena platicada. El lugar que me dijo, efectivamente, no estaba abierto a esas horas, por lo que acabamos en Starbucks.

Ahí pasamos cerca de una hora platicando, acerca de su trabajo, de cómo veía a los nominados, de su familia, de sus proyectos. Con Rodrigo hice, en ese entonces, una incipiente amistad que si bien se ha perdido con el paso de los años, en su momento fue importante. Al terminar la entrevista, me dijo:

– Si quieres te llevo hasta el hotel donde va a ser la conferencia…

– No, hombre, te lo agradezco pero no, ¿cómo crees? Nada más dame un aventón a donde pueda conseguir un taxi

– Perfecto, pero yo te lo consigo para que te salga más barato…

Y así llegamos de nuevo a su casa, donde sacó su celular, marcó a un sitio que conocía y me pidió un taxi.

– Muchas gracias por la entrevista. Pocas personas se interesan en tu trabajo como tú lo has hecho, en verdad te lo agradezco.

Abrazos de despedida de por medio, nos despedimos. Volví a platicar con él por teléfono varias veces en los años siguientes, y la última vez que lo vi fue en Nueva York, en diciembre de 2011, en el junket de la película We Bought a Zoo, de Cameron Crowe. Al verme, se me quedó viendo y me dijo:

– Yo te conozco… Jorge, ¿verdad?

Cuando alguien se acuerda de ti por tu trabajo o por tu forma de ser, sabes que has hecho lo correcto.

EL INICIO DE LA AMISTAD CON EL GORDO

Pero de todo ese viaje, la persona que más me importaba ver era a Guillermo del Toro. Su película tenía seis nominaciones al Oscar, y en ese entonces tenía su número personal de celular y había platicado con él varias veces por teléfono (incluso una en pleno Periférico, semanas antes, cuando le di la noticia de que la Online Film Critics Society -de la cual yo formaba parte en ese entonces- había elegido a El Laberinto… como ganadora a Mejor Guión Original y Mejor Película Extranjera), pero nunca habíamos coincidido en persona.

Ivana Baquero, Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Eugenio Caballero durante la conferencia de prensa para medios latinos de El Laberinto del Fauno, en el Four Seasons de Beverly Hills, febrero de 2007.
Ivana Baquero, Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Eugenio Caballero durante la conferencia de prensa para medios latinos de El Laberinto del Fauno, en el Four Seasons de Beverly Hills, febrero de 2007.

Tras regresar de la entrevista que le hice a Rodrigo Prieto, me dirigí al Four Seasons, donde se iba a llevar a cabo una conferencia de prensa con todos los involucrados en el filme.

Al llegar, el lugar estaba prácticamente lleno de periodistas latinos de todos lados, pero mi intención era presentarme con Del Toro para, al menos, “ponernos cara”.

La larga mesa destinada para el talento de la película se llenó, y en un momento me acerqué a la misma por la parte del frente, me acerqué a Guillermo y me presenté:

– Hola, Guillermo… soy Jorge Ávila, de México

– ¡Hola, cabrón! ¡Qué gusto! A ver…

En ese momento, para mi asombro y el de todos los que estaban en el salón, Del Toro se levantó de su silla, le dio la vuelta a la mesa y llegó hasta donde yo estaba (obviamente me fui acercando a él) y me saludó con un gran abrazo.

– ¡Qué gusto! Gracias por venir… perdón, pero como ves andamos en chinga

– No te preocupes, Memo. Al contrario, gracias a ti, ya sé cómo es esto…

– No te me vayas a ir, pero quise saludarte porque ya era hora que nos pusiéramos cara… deja acabo con este desmadre y nos vemos en un rato…

Mientras regresó a su lugar, al lado de Alfonso Cuarón, y al yo dirigirme a otro sitio para que comenzara la conferencia, pude sentir perfecto la mirada de incredulidad de la mayoría en el salón, que se ha de haber preguntado: “¿Y este wey quién es que hasta Del Toro se levantó para saludarlo?”. Esa fue la primera de muchas, muchas veces que Guillermo ha tenido ese tipo de detalles conmigo, pero eso es otra historia.

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Alfonso Cuarón y un servidor, posterior a la conferencia de prensa de El Laberinto del Fauno en Los Ángeles, febrero de 2007.

Al terminar la conferencia, a Del Toro se lo llevaron porque tenía que dar unas entrevistas para televisión, pero con quien pude platicar un rato fue con Alfonso Cuarón. Cuando me acerqué con él, me dijo:

– Se ve que el Gordo te estima…

– Sí, hemos platicado mucho desde hace tiempo, pero no nos conocíamos en persona…

– Pues qué chingón, oye…

– Oye, Alfonso, acerca de tus nominaciones…

– No, no… mira, no es mala onda, pero estoy aquí no para hablar de mis nominaciones (Cuarón fue uno de los productores de El Laberinto del Fauno, y su película, Niños del Hombre, tuvo tres: Mejor Guión Adaptado, Mejor Fotografía y Mejor Edición). Estoy aquí para apoyar a Guillermo, quien se merece todo lo que le está pasando. Es una gran persona, como puedes ver…

– No te preocupes, pero después tengo que platicar contigo de varias cosas

– Te lo prometo. Llámale a Gaby Rodríguez (que en ese entonces era su asistente) y nos ponemos de acuerdo…

Y lo cumplió. Después de eso varias veces platiqué con él y tengo otras anécdotas memorables, que también serán motivo de otro texto. El haber sido testigo presencial del triunfo de varios mexicanos en el máximo escenario del mundo, poder conocerlos un poco más como personas, y haberme ganado su confianza y respeto, es algo que simple y sencillamente no tiene precio.

Pero volviendo a Del Toro, no lo volví a ver durante ese viaje. La noche del Oscar no se apareció en la fiesta de su producción, y al día siguiente de la entrega nadie lo pudo localizar. ¿Depresión?, ¿exceso de cansancio?, ¿enfermedad? ¿Cruda por alguna de las fiestas de la noche anterior? Quién sabe, pero eso no importó, porque parafraseando al gran Humphrey Bogart en esa maravilla que es Casablanca, fue el inicio de una maravillosa amistad… que continúa hasta la fecha.

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