POR EDUARDO MARTÍNEZ SOTO ALESSI

Siempre admiré mucho a Celia Cruz, no sólo por su extraordinaria historia de vida y su herencia musical, sino especialmente por haber sido una de las primeras mujeres en llevar la música latinoamericana -no sólo la cubana- a rincones de todo el mundo y convertirla en un éxito gracias a una voz, un estilo y una personalidad que nadie, nunca, podrá igualar.

A Celia la conocí por primera vez en el año 2000, cuando trabajaba en Televisa; era diciembre y tocaba cubrir el Teletón en el Estadio Azteca. A cada uno de los integrantes de mi equipo se nos había asignado una tarea en el evento y la mía era estar en el área de vestidores del estadio (que funcionaban como camerinos para los artistas) para apoyar a la producción en lo que se ofreciera y facilitar el flujo desde y hacia el escenario, pero también para aprovechar el acceso a esa área para conseguir entrevistas exclusivas. 

Había pasado un buen rato conversando con Laura Pausini, ayudándole a contestar preguntas de sus fans desde el entonces famoso chat de Esmas.com;  después de despedirla me senté a esperar otras oportunidades de entrevista y fue cuando se escuchó la inconfundible voz de la cubana: “¡Bueenas nochees!”

Úrsula Hilaria Celia Caridad Cruz Alfonso entraba al vestidor local acompañada de su inseparable Pedro Knight, el amor de su vida, su “Cabecita de Algodón”. La cantante usaba una peluca dorada y un traje amarillo que contrastaban con su piel morena excesivamente maquillada. Un abrigo de piel completaba el atuendo, rematado por un prendedor con forma de un pequeño negrito, seguramente en señal de apoyo a la causa de esa noche.

Celia Cruz 01Celia tenía que esperar un buen rato para subir al escenario, así que consideré oportuno pedirle una entrevista. Durante media hora estuvimos hablando de su amor por México, de Fidel, de la Sonora Matancera, de la Revolución, de Tito Puente (quien acababa de fallecer), del Buena Vista Social Club y hasta de Gloria Gaynor.

Nunca me ha gustado molestar a un artista con fotos o autógrafos, pero en aquella ocasión la charla con la cubana me atrapó tanto que, al finalizar, le pedí (extrañamente):  “¿Señora, le puedo dar un beso?”

– “Sólo si Pedro nos da permiso”

Su “Cabecita de Algodón” aprobó con una sonrisa y Celia me regaló un beso lleno de azúuucar, que me llevé como un recuerdo para siempre.

Durante los años siguientes tuve la oportunidad de volver a verla en numerosas ocasiones: visitas de promoción, festivales y conciertos. Casi siempre se acordaba de mí y me saludaba con un abrazo e, incluso, repetimos un par de veces las pláticas fugaces que yo disfrutaba mucho. Se ganó mi respeto y admiración como persona, admiraba su alegría y sus ganas de vivir y en verdad logré encariñarme con ella.Celia Cruz 02

Recuerdo perfectamente la tarde de julio de 2003, cuando mi colega Carlos Vega me envió un mensaje avisándome que Celia había muerto, víctima del cáncer que le habían diagnosticado meses antes. No pude evitar los ojos llorosos mientras editaba el cable de la agencia que lo confirmaba.

¿QUÉ PEDO, ANA?

Pero además de mi beso y sus interesantes historias, Celia me dejó también una anécdota que sería imperdonable no compartir: No recuerdo exactamente qué año era, pero estábamos en el backstage de un concierto en el Auditorio Nacional. Era el evento de alguna estación de radio, porque los cantantes desfilaban uno tras otro para hacer presentaciones cortas. La cantidad de artistas era tal que, tras bambalinas, había que arreglárselas para que todos tuvieran un acceso más o menos ordenado a camerinos, baños y otras áreas de descanso.

Yo me encontraba en una zona en la que casi no había gente cuando de pronto vi pasar a Ana Torroja, quien buscaba un baño. Alguien le indicó en dónde estaba y ella se dirigió pronta a resolver sus asuntos; como no había otros reporteros alrededor, pensé que sería buena idea esperar a que Ana saliera del toilette y después tratar de entrevistarla en exclusiva. Después de un largo rato, la cantante de Mecano salió por la puerta, pero me ignoró olímpicamente y no quiso detenerse a responder mis preguntas. ¡Ay, qué pesada!

Un instante después, Celia Cruz apareció en ese mismo lugar, yo me acerqué a saludarla y le pedí una entrevista. “Pero antes debo usar el baño”, dijo.

Le enseñé en dónde estaba el que había usado la Torroja. Celia se dirigió a la puerta y entró, pero a los pocos segundos salió con mucha prisa, visiblemente impresionada y tapándose la nariz con una mano.

–  “¡Madre mía, parece que ahí adentro mataron a un animal!”, dijo con esa voz inconfundible con la que siempre gritaba “Azúuuucar”.

Se alejó de inmediato y yo me quedé sin entrevista.

Seguramente Ana Torroja nunca se enteró de la “impresión” que le causó a Celia, pero después de ese día, la Negrita Linda debe haber pensado en la española y tararear: “Me cuesta tanto olvidarte…”

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