POR CARLOS VEGA

La tercera vez que Liam Gallagher se levantó del sofá colocado al fondo de uno de los salones del lujoso hotel Four Seasons de la Ciudad de México, fue para poner “I Want You (She’s so Heavy)”, de The Beatles, en el CD player que estaba al otro extremo del salón. Para entonces, yo estaba muriéndome del aburrimiento y a punto de abandonar el lugar, pero decidí esperar a que terminara la canción -una de mis favoritas de los Fab Four-, y de paso acabarme mi cuarto gin and tonic de la noche.

Un par de horas antes, Liam, su hermano Noel y los demás integrantes de Oasis habían concluido su gira mundial Don’t Believe The Truth ante cerca de 20 mil personas en el Palacio de los Deportes de la capital azteca. Tras poco más de dos horas de concierto, el cover de “My Generation”, de The Who, puso punto final a una gira que a lo largo de casi un año había pasado por Europa, Asia, Norteamérica y Sudamérica, para tener su última parada en México.

Era finales de marzo de 2006 y yo estaba de vacaciones en el DF (llevaba ya más de un año viviendo en Miami), por lo que al enterarme que mi visita coincidía con el concierto de Oasis, recurrí a mis viejos contactos para acreditarme para el show. Hacía ya varios años que Oasis había dejado de ser aquella banda prometedora de mediados de los años 90, y en lugar de estar en un momento de consagración se encontraban practicamente en declive. Aún así, escuchar en vivo algunas canciones de sus dos magníficos primeros discos –Definitely Maybe y (What’s the Story) Morning Glory?– era algo que no se debía desaprovechar.

Al terminar el concierto, y aún dentro del “Domo de Cobre”, me encontré a Aimeé Vega, una de mis mejores amigas, die hard fan de Oasis y, según me enteraba mientras charlábamos, amiga del mayor de los Gallagher, a quien había conocido durante su estancia en Barcelona.

“Te invito al after party, primo” (así nos decíamos, nos decimos, de cariño por la coincidencia de los apellidos), me soltó Aimeé inesperadamente. Los hermanos Gallagher nunca me cayeron bien, especialmente Liam. La arrogancia, egocentrismo y sed de protagonismo de ambos los convertían, en pocas palabras, en unos payasos y mamones. Pero su fama de desmadrosos, drogadictos y fiesteros era legendaria, por lo que no aceptar la invitación hubiera sido un pecado, de acuerdo a los evangelios según Lucifer.

Para entonces, y tras casi 10 años de trayectoria en el periodismo musical, me había tocado asistir a varios after party y ser testigo y partícipe de numerosos momentos míticos y totalmente off the record, pero tener la oportunidad de acudir a uno de las “grandes ligas”, con los últimos chicos malos del rock, era como sacarse la lotería.

De camino al hotel Four Seasons, la historia de Aimeé sobre cómo había conocido a Noel se perdía entre mis pensamientos acerca de la noche que seguramente me esperaba: sexo, drogas y rock and roll, por decir lo menos y tener expectativas realistas. Mi imaginación iba desde las modelos y actrices de moda que seguramente estarían en el after party, hasta las sustancias de primera calidad que estarían a disponibilidad de los asistentes.

Una vez en el salón asignado en el hotel para la decadente ocasión, algo no coincidía con lo esperado ni lo fantaseado. Lejos de cualquier escena que remitiera a Sodoma y Gomorra, el ambiente parecía el de una tardeada de la secundaria, y lo peor, una organizada por uno de los alumnos menos populares: Poca gente (la mayoría parecían acarreados del Tianguis del Chopo), pocas mujeres (las cuales, apostaría lo que fuera, seguramente se habían ganado su asistencia por su bonita letra y buen corazón) y nada de estupefacientes. Eso sí, había mucho alcohol y buena música; muy buena música, de hecho, principalmente de los 60s y elegida y puesta nada menos que por “DJ Liam”.

Cual pimp de video de hip hop, el menor de los Gallagher se encontraba sentado al centro de un sofá, rodeado de un par de chicas y otro par de personas. Callado y tranquilo, su atención se centraba principalmente en una carpeta que contenía discos compactos. Cada tanto, el cantante de Oasis se levantaba de su trono y con la misma parsimonia que demuestra en el escenario cruzaba el salón para cambiar la música: Beatles, Stones, The Who, The Animals…. Durante el poco más de una hora que estuve ahí, fue todo lo que hizo.

Noel llegó un poco después. Igual de relajado que su hermano, pero con una actitud un poco más sociable, apenas entrar fue directo al bar instalado en el salón. Cuando vio a mi amiga Aimeé de inmediato se acercó a donde estábamos para saludarla. Ella nos presentó, y aunque el guitarrista se portó amable, era obvio que lo único que le interesaba era charlar con ella, por lo que a los dos minutos me alejé con la excusa de ir por un trago.

Mi segundo y tercer gin and tonic los tomé no precisamente sintiéndome “Supersonic”, sino pensando en qué chingados estaba pasando. Miraba a mi alrededor y lo único que veía era al pimp Liam sentado en su trono, al chaparrito de Noel charlando con Aimeé, y a unas 15 personas más en el lugar, ninguna de las cuales era modelo o actriz de moda, ni tampoco ninguno o ninguna parecía el dealer que iba por fin a sacar la mercancía.

Por un momento pensé en regresar donde charlaban Noel y Aimeé, pero preferí no hacer mal tercio. Mi segunda opción fue acercarme al sofá donde estaba Liam e intentar conversar con él de la gira o de la música que estaba poniendo, pero fue justamente cuando se levantó para poner la rola de The Beatles.

Decepcionado como pocas veces, salí del salón apenas terminó la canción y mi vaso se encontraba vacío. Antes de salir eché de nuevo una mirada al panorama para intentar descubrir alguna señal que diera alguna esperanza, pero no encontré nada. Decidí dirigirme al Bulldog, donde seguramente el ambiente era mucho mejor, y en donde la lujuría y el rocanrol siempre estaban asegurados al pagar la entrada.

Al final, aquél after party de Oasis bien pudo llamarse igual que la gira: Don´t Believe The Truth. Y es que, por lo menos en esa ocasión, los hermanos Gallagher fueron inofensivos y aburridos, una decepción total.

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