POR CARLOS VEGA

La piscina del Hotel Delano en Miami Beach es célebre por su tamaño y su diseño que emula los magnos baños romanos, pero sobre todo por las pool parties que ahí se llevan a cabo. De ocurrir todo como el diablo manda, tales fiestas pueden terminar en algo muy cercano a lo que pasa en un video de hip hop o en una celebración de spring breakers. Eso me advirtieron en 2002 algunos enterados de la vida nocturna en South Beach cuando les conté que mi amigo y colega Eduardo Martínez y yo nos hospedaríamos en ese hotel durante nuestra estancia en la “Ciudad del Sol”, con motivo de la cobertura de la primera entrega de premios MTV VMA Latinoamérica.

Interesado siempre por las ofertas culturales de las ciudades que visito, y siguiendo el consejo recibido, el mediodía del miércoles 23 de octubre de ese año – un día antes de la ceremonia de premios -, Lalo y yo decidimos ir directo a la piscina apenas registrarnos. A pesar de que aún era temprano, pensamos que por el hecho de que ahí se hospedaban todos los invitados a los premios, seguramente alguna celebración habría ya en el lugar.

Mientras bajábamos por el ascensor, en mi mente no dejaba de sonar la canción “Escuela de Calor”, de Radio Futura, especialmente esa parte en la que Santiago Auserón canta: “En las piscinas privadas, las chicas desnudan sus cuerpos al sol…”. Esto mientras Lalo soltaba nombres sobre algunas posibles famosas que “seguramente” estarían ya iniciando la fiesta metidas en el agua, enfundadas en diminutos bikinis, tomando algún coctel “chic” y contoneándose al ritmo de los beats de algún DJ de moda. “Güey, seguro va a estar la Shakira, se ve que le encanta broncearse. ¡O Ely Guerra, güey, no mames! Aunque seguro va con Tito, qué hueva. Bueno, ya de perdida que esté la Paulina, seguro se empeda y termina en bolas… Es decir, en huesos”.

En esas suposiciones y especulaciones estábamos cuando llegamos a la piscina del hotel, cuya socia, por cierto, es nada menos que Madonna. Contrario a nuestros deseos y fantasías, en el enorme rectángulo cubierto de agua no solo no había ninguna pool party sino que estaba prácticamente vacío. Tan solo en una de las esquinas se veía un pequeño grupo de no más de seis personas, todos hombres, que sin embargo traían un desmadre como si fueran 20.

“¿¡Qué onda, mi niño!? ¡Vénganse pa´ca!”, escuchamos a lo lejos. A pesar de que estábamos practicamente al otro extremo de la piscina y no se distinguían muy bien los integrantes del grupo, la voz aguardentosa y desgarrada delataba a su dueño: Alex Lora. Rodeándolo no estaban ni Shakira ni Ely Guerra ni Paulina, sino Sergio Vallín y Juan Calleros, de Maná, dos miembros del staff de El TRI, y un par de fans colados en el grupo.

“¡Métanse, está rica el agua! Y estamos echando desmadre como en la secundaria, jajajaja”, dijo Lora al mismo tiempo que golpeaba el agua con su mano izquierda a manera de invitación, para después dirigirse de nuevo a los demás y proseguir contando lo que parecía una historia: “…Es que los gremlins están cabrones, no mames. Sí se ponen muy pinches locos”.

Ya una vez dentro de la piscina, la expresión de Lalo denotaba por completo su desencanto, aunque no por ello dejaba de voltear a todos lados a ver si por casualidad bajaba alguna de sus apuestas. Yo, por mi lado, dejé de escuchar en mi mente “Escuela de Calor”, y en su lugar se instaló “Agua mi Niño”, de El TRI, especialmente el inicio de la canción cuando Lora grita “¡agua mi niñoooo!”.

Resignados, optamos por pedir un par de cervezas e integrarnos a la charla, o mejor dicho, al monólogo de Lora, quien narraba la historia de un concierto de El TRI en Houston, en el que los fans -o gremlins, como él los llamaba- la habían agarrado contra uno de los guardias de seguridad que los trataba mal cuando intentaban subir a la orilla del escenario para saltar desde ahí hacia la multitud.

“Cuando contratamos al equipo de seguridad, los gabachos nos dijeron que eran muy vergas, que no teníamos de qué preocuparnos, que ellos hacían la seguridad para conciertos de cacas grandes. El pedo era que estos güeyes no conocían a los gremlins…”, siguió Lora.

Las historias del cantante de El TRI son como sus canciones, pueden gustar o no, pero por la manera en que las canta y por lo que dicen las letras, inevitablemente uno termina prestándoles atención. Esta vez no era la excepción, y todos los ahí presentes escuchábamos atentos.

“El pedo fue que ese guardia, un pinche gringo gordo, güero y con cara de pendejo, se la pasó pateando y aventando a la banda durante casi toda la tocada, hasta que en una de esas, cuando soltó una patada, un pinche gremlin que le agarra el pie…”.

Lora acompañaba la historia con aspavientos, diversas inflexiones de voz, gestos y cuatro groserías por cada seis palabras pronunciadas. Eso, sumado al intenso sol y a las cervezas y alcoholes que no dejaban de circular, provocaba que todos, sin excepción, no paráramos de reír a carcajadas. Cualquiera que hubiera pasado por ahí en esos momentos que no supiera quién era el narrador, seguramente hubiera pensado que se trataba de algún comediante célebre y no del rocanrolero más famoso y legendario de México.

La historia proseguía: “Cuando el gremlin le jala el pie, este cabrón queda abierto de patas ¡así como bailarina de ballet haciendo un pinche split!, en la orilla de la barrera que separaba a los gremlins del escenario. Otro cabrón de seguridad se acercó y le agarró la otra pata, para que no se lo fueran a jalar los pinches gremlins. El pedo fue que entre que de un lado le jalaban una pata los gremlins, y del otro lado le jalaba la otra pata el otro cabrón, a este güey se le estaban estrellando de lo lindo sus güevitos, y no paraba de gritar a su compañero: ‘stop, stop!’, jajajaja. Con tal de que no le siguieran machacando sus güevos, el cabrón prefería caer en las garras de los gremlins. Obviamente, los pinches gremlins estaban bien felices, y no dejaban de jalarle la pata al cabrón! Jajajaja. El karma es culero, mis niños”.

Apenas terminó de contar su historia, Lora se despidió. Salió de la piscina, cubrió con una toalla su casi esquelético cuerpo, y se dirigió hacia uno de los edificios del enorme y lujoso hotel. El resto nos quedamos dentro del agua, comentando lo gracioso de la historia y lo aún más gracioso y divertido que resultaba Lora.

Pasarían no más de 10 minutos cuando a lo lejos se vio de nuevo la delgada figura del cantante acercarse poco a poco a la piscina. Para entonces, Lalo y yo estábamos por completo resignados a que por lo menos ese mediodía no habría ninguna pool party, así que optamos por disfrutar de los tragos, el agua y el sol. Seguramente por la noche habría varias opciones de fiesta, así que lo mejor era relajarnos y, ahora que veíamos que regresaba Lora a la piscina, seguir divirtiéndonos con otra de sus historias.

Un par de metros antes de llegar a la piscina, Lora se detuvo. Todos lo miramos atentos, expectantes, esperando alguna de sus clásicas expresiones para anunciar que había vuelto. Pero no. Lo que salió de su garganta, con esa misma voz aguardentosa y desgarrada, fue algo totalmente inesperado, increíble, irreal. Dirigiéndose a mí, gritó: “¡Mi niño, un tal Carlos Meraz dejó un mensaje de voz en la contestadora de mi habitación, no tengo ni puta idea por qué. La cosa es que, no es por asustarlos, pero creo que ya les dieron gas, jajajaja, porque dijo algo así como que estaban corriendo gente en EsMas. Creo que estaría chido que le fueran a llamar a ver qué pedo…”.

Lora no dijo más. Simplemente dio la media vuelta y se fue. Lalo y yo nos quedamos pasmados, mientras los demás, se notaba, estaban a punto de cagarse de la risa o decirnos “lo siento mucho”; o quizá querían hacer ambas cosas, pero no se decidían qué hacer primero, si reírse o compadecernos.

¿Qué había sido eso? Realmente no podía estar pasando, no podía ser real. Si hubiera bajado en ese momento un ovni lleno de extraterrestres y se hubieran metido a la piscina, hubiera tenido quizá más sentido que lo que acabábamos de presenciar. Por un lado, ¿por qué habría dejado Meraz un mensaje en la habitación de Lora? Y por otro, era claro que no se trataba de una broma de Lora puesto que ni sabía que Meraz era nuestro jefe y seguramente ni se acordaba que Lalo y yo trabajábamos en EsMas.com.

Incrédulos, y entre apenados y tristes, nos despedimos de los demás y salimos de la piscina. La única manera de averiguar de qué se trataba todo, y principalmente si era verdad que nos habían corrido, era llamar por teléfono. En el camino de regreso a la habitación no hubo ninguna música sonando en mi mente, y si nos pasaron por enfrente Shakira, Ely Guerra o Paulina Rubio, no lo notamos ni lo hubiéramos notado. En esos momentos ambos nos veíamos tomando nuestras maletas para regresar a México a que nos dieran las gracias en el trabajo. Adiós pool parties, adiós cobertura, y lo peor: adiós empleo.

Una vez en la habitación llamamos a Meraz. Resignados a recibir las peores noticias, nuestro único consuelo era que, por muy irreal que fuera, Alex Lora había sido quien nos había notificado de nuestro despido, lo cual era digno de ocupar un espacio especial en el libro de las anécdotas. Y es que algunos pueden presumir de tener una foto con Alex Lora, su autógrafo, o quizá hasta que les dedique una canción; pero nadie podría decir que, sin ser su empleado ni tener nada que ver con él, Alex Lora fue quien te notificó que te habías quedado sin trabajo.

Tras hablar con nuestro jefe quedó aclarado que todo había sido una confusión. Meraz nunca supo que la recepcionista lo había comunicado con la habitación de Lora y no con la nuestra, y por ello, con toda confianza, dejó el mensaje con esa información “delicada” o “confidencial”. Por otro lado, el mensaje no fue tal cual lo contó Lora; de acuerdo a Meraz, lo que él dijo fue que, efectivamente, estaban corriendo gente en la empresa, pero que nosotros no nos preocuparamos, que siguiéramos con nuestra cobertura normal.

Al final de cuentas todo quedó en un susto. Realizamos sin contratiempo alguno nuestra cobertura de los MTV VMA Latinoamérica, y si bien no asistimos a ninguna pool party tuvimos otro tipo de experiencias off the record que posiblemente contaremos en algún blog futuro. Pero sin duda, esa historia con Alex Lora fue LA ANÉCDOTA de ese viaje.

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