POR MIGUEL ANDRÉS GONZÁLEZ

Muchos lo endiosan. Otros tantos lo atacan. Algunos lo encuentran irresistible y unos más no se resisten a hablar de él a la menor ocasión. Esos han sido los usos y costumbres en torno a la figura de Saúl Hernández desde hace más de 20 años.

En mi carrera periodística, que comenzó precisamente a mediados de los 90, he entrevistado a muchos artistas, varios de ellos realmente famosos, y más allá de charlas amigables off the record, con ninguno he buscado amistad. Ellos se mueven en otro nivel y, además, siempre he visto mal que un comunicador invada esos territorios. No podría decir que el líder de Caifanes y Jaguares sea mi amigo ni yo uno más de sus aliados, pero, de entre las estrellas, Saúl es con quien más he convivido y más veces me ha permitido traspasar ese umbral, siempre con un fuerte abrazo y su estado de ánimo en plena euforia luego de brindar su concierto.

Sus canciones me han acompañado en momentos personales imborrables. Me tocó oír “Mátenme porque me muero” al ser estrenado en la radio, por ahí de 1988. Y me atrapó porque, a pesar de haber escuchado ya bastante música, su letra y sonido, en parte rudimentario, eran únicos. Luego vino “La Negra Tomasa” y fue el ajonjolí de las fiestas por doquier. Caifanes sonorizó justamente mi época de preparatoria y universidad y eso nunca se olvida. Más allá de poner sus discos una y otra vez, me trae mejores recuerdos cuando alguna de sus canciones me sorprendía por la radio o en reuniones de amigos.

imageEn el verano de 1999, en Los Ángeles, tuve mi primer encuentro con Saúl, ya al frente de Jaguares. Su disco previo, El equilibrio de los Jaguares, era una apuesta distinta y también me cautivó. No obstante, mi curiosidad apuntaba principalmente a su estado físico: había interrumpido su carrera por un par de años debido a un escalofriante número de intervenciones quirúrgicas en su garganta. Cualquier otro habría tocado fondo y se retiraría del negocio, pero no era su caso.

Antes de la entrevista escuché Bajo el azul de tu misterio, el disco doble que lanzaría poco después. Me sorprendió gratamente tanto por la calidad de varios de los temas como porque la voz no quedó tan afectada como pensaba. Saúl me comentó que el apoyo que recibía del público, aunado a una vida más sana y la paternidad que iba a estrenar eran sus alicientes para, en lo sucesivo, mirar sólo hacia adelante.

“Crecí con una religión muy sana: la paz. Mi madre siempre decía: ‘No importa lo que creas si es positivo’. La luz es lo más positivo para caminar por la tierra. A Dios me gusta seguirlo y escucharlo, pero también quiero conocer todos los puntos de vista sobre ese misterio que somos nosotros. La mística prehispánica, la hindú… cada etnia mexicana tiene su propia fe”, comentó Saúl esa vez.

Acerca de su compañero, Alfonso André y Sabo Romo tenían claras sus opiniones.

“Llevamos muchos años como amigos y compañeros. Es como un milagro estar juntos todo este tiempo, pues nos hemos odiado y reconciliado tantas veces”, dijo André.

“Aquí está muy claro quién escribe y cómo son las reglas. Nos complementamos y es absurdo cuestionar el liderazgo de Saúl. Hemos crecido y madurado, todos estamos en paz”, agregó Romo.

Desde entonces, por circunstancias de la vida y antes de que llegaran hasta los oídos de sus fans, he podido escuchar todos y cada uno de los discos que Saúl Hernández ha lanzado al mercado -excepto Crónicas de un laberinto, en 2005-. Como admirador de su música, considero verdaderamente impagable ese privilegio, porque así he podido contrastar el efecto que han causado en su público varias de sus nuevas canciones luego de escucharlas por primera vez.

Entrevisté al grupo en 2001, tras apreciar Cuando la sangre galopa, y charlamos más de una hora. Años después, al conocer los temas de 45 en una casona de Polanco, y mientras Saúl filmaba un video promocional, descubrí que tenía potencial para ganar el Grammy, y así se lo manifesté a Marusa Reyes, su representante desde los primeros años, y luego al propio cantante. Tuve voz de profeta, porque se llevó no uno, sino dos premios.

Fue, hasta ahora, el último disco de Jaguares. Después Saúl se embarcó en su debut en solitario, Remando, al que siguió Mortal. Cuando escuché los tracks percibí un tono mucho más personal que en sus trabajos rodeado de Caifanes y Jaguares, y él me lo confirmó. Vivía su etapa familiar y profesional más feliz y sus canciones así lo reflejan.

Quizás por ese motivo se animó, en 2010, a reagrupar a los Caifanes. Cuando me enteré del acontecimiento me quedé perplejo. Lo inimaginable estaba a punto de suceder. La carga de factores emocionales y rumores ventilados por años en torno a ese grupo iba a quedar opacada en unos meses, como se demostró en esa memorable noche del Vive Latino de 2011, con gradas y pasillos abarrotados. Atrás, aparentemente, habían quedado los muy serios problemas de salud de unos y otros, la lucha de egos y quién sabe cuánto más.

Sin embargo, con el tiempo hubo que lamentar dos hechos: por un lado, la falta del siempre ansiado quinto disco de Caifanes, que se ha hecho esperar más de la cuenta y para el que ni siquiera ha habido una alternativa en forma de disco grabado en vivo. Por otro, el abandono de Alejandro Marcovich, sin que esta vez haya interrumpido los planes del grupo.

imageConsidero que todos salimos perdiendo sin ese quinto caifán, pero él más que nadie. La cuestión del liderazgo en las bandas de rock se da en forma natural, y nadie duda que por encima de Saúl Hernández, en sus alineaciones, no hay nadie. Saúl e incluso Marusa admiran el gran talento de Marcovich, pero su personalidad siempre ha sembrado dudas. Bien podría haber establecido una banda propia, por ejemplo. Entrevisté hace años a Marcovich y he coincidido con él en algunos eventos, pero algo anida en su interior, una especie de vibra extraña que no lo hace empezar de cero y pasar página de lo que ha logrado con Caifanes.

Peleas y distanciamientos entre los Beatles, Rolling Stones, Pink Floyd, The Smiths, Oasis, Soda Stereo y otras bandas siempre han existido y nunca acabarán -lo cual, en parte, muchos agradecen porque contribuye a generar cierta competencia interna-. La lucha que llevó al precipicio a Caifanes en 1995 ha sido magnificada hasta la fecha, por muchos medios y cronistas, con la intención de sacarla de contexto y eclipsar lo que vino después.

Hay artistas de un solo éxito y otros que apenas han podido sumar tres o cuatro en un disco recopilatorio con mucho relleno. Cuando puedes presumir un cancionero que da para llenar un álbum doble -y sólo con los cuatro discos de Caifanes hay material de sobra-, prácticamente entras en la categoría de genio. Y México, si tiene algo de lo que enorgullecerse, es de talentos que han creado música universal: Lara, José Alfredo, Consuelo, Manzanero, Juanga, Lora… Todos, seguidores y detractores, estamos de acuerdo en que Saúl y sus canciones trascendieron ese rubro y no tardaron en arraigarse en el dominio popular.

Lo curioso es que lo ha conseguido sin ser el mejor dotado técnicamente para cantar o tocar, como él lo ha reconocido más de una vez. Sus letras también pueden ser criticables en buena medida. Sin embargo, y con esas carencias, sus canciones -rechazadas al principio en una casa discográfica porque les parecían “ataúdes”- fueron vestidas con una magia especial, al alcance de muy pocos. En definitiva, son canciones que gustan, y mucho. En mi modesta opinión, no hay que darle más vueltas. ¿Malinchismo? Sólo en México.

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