POR CARLOS MERAZ

El drama histórico del rock mexicano es, indudablemente, la falta de continuidad discográfica ante la persistencia de egos fáciles de elevar. De esa tragicomedia no se salvó Caifanes, una banda que pudo volar muy, pero muy alto, y no sólo de este lado del Atlántico, pero acabó en la penosa nostalgia de las glorias pasadas con tan solo cuatro discos, todo ello gracias a envidias, peleas y demás triquiñuelas en su interior que, a la postre, terminaron “matando a la gallina de los huevos de oro” o lo que sería su corazón y cerebro, encarnados en el binomio musical del cantante Saúl Hernández y el guitarrista Alejandro Marcovich.

Quién fue Caín y quién Abel no importa, como tampoco cuál ganó y cuál terminó vencido. Lo cierto es que esa mancuerna musical transitó de la creación a la destrucción y no sólo por las personalidades en constante pugna de Hernández y Marcovich, sino por la manipuladora presencia de la “dama de negro”, su mánager Marusa Reyes, admiradora incondicional del “caifán mayor”.

De ese oscuro personaje tuve mis primeras lecciones periodísticas de lo que no hay que hacer en este oficio, donde el trabajo suele confundirse con “amistad” y en el que el reportero corre el inminente peligro de convertirse en un vocero al servicio del artista.

caifanes11Un comentario que lo ejemplifica se remonta a un vuelo rumbo a Nueva York a los premios MTV Video Music Awards de 1994, en los que el grupo estaba nominado. A 30 mil pies de altura, Reyes me preguntó qué me parecía el entonces recién estrenado “El nervio del volcán”. Ingenuamente contesté que el disco estaba sostenido en el envolvente sonido de las cuerdas de Marcovich. Su mirada se tornó dura y, sin derecho a réplica, me aclaró algo que para ella era casi una declaración de principios: “Recuerda que Caifanes es Saúl”.

Afortunadamente siempre supe cuál era mi lugar en esta historia y entendí -como bien lo sentenciara Mario Puzo en su novela “The Godfather”: “No hay nada personal, son solo negocios”, aunque “todo termina siendo personal”-, que no existe algo más triste en esta “chamba” que perder la libertad al supeditarse a los caprichosos designios e intereses de la “fuente”, por muy famosa o poderosa que sea.

Este texto no busca la condena ni mucho menos la redención de nadie, sino sólo pretende contar mi parte de esa historia y más ahora que el expulsado caifán, quien para los “saulbelievers” desempeñó el papel de villano en la disolución de la banda, está por editar su libro: “Vida y música de Alejandro Marcovich”, donde narrará su versión de la gloria y el infierno dentro de Caifanes.

caifanes44CUÉNTAME TU VIDA
Mi primer contacto con Caifanes se remonta a 1993 con la promoción de su sencillo “No dejes que…”, de su tercer álbum “El silencio”, cuando los entrevisté como reportero del diario “El Norte” (en mis inicios periodísticos, previos a la fundación de “Reforma”, el periódico en el que militaría), en las viejas oficinas de su entonces casa discográfica BMG.

A partir de ahí y en el pináculo de su carrera, la banda y este periodista establecieron una relación informativa constante, que muchos suelen confundir con “amistad”. Los entrevistaba en persona, por teléfono y cubría sus conciertos. Lo normal en este oficio.

Hasta que la relación de este reportero de música con la fuente, llámese Caifanes, se empezó a viciar al ser condicionada con declaraciones “off the record” y acuerdos verbales de confidencialidad que impedían el libre oficio. Todo ello estipulado por su representante. Así que mientras viajaba en exclusiva con ellos para la grabación de su “Unplugged” para MTV en Miami Beach, en octubre de 1994, antes que nadie me enteré, por Reyes, que el grupo sería “telonero” de The Rolling Stones en su primera visita al Foro Sol de la Ciudad de México a principios de 1995; que el staff de Mick Jagger y Keith Richards en un principio quiso tocar en el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria pero nunca llegó a un acuerdo con la UNAM y que, esto último por Hernández, el cantante tenía una severa afección en las cuerdas vocales que se perfilaba para ser un cáncer en la garganta.

Un periodista que se guarda la información para su anecdotario personal deja de ser un profesional para convertirse en un fan y yo siempre he odiado ser fanático de algo o alguien.

Así que al difundir la delicada salud vocal de Hernández, que ya todo México sabía, el vínculo periodístico se fracturó para siempre. Pues, como suele pasar con la gran mayoría de los artistas, de lo que les conviene no se cansan de hablar, pero de lo que les incomoda optan por el silencio.

FullSizeRenderLA CÉLULA QUE EXPLOTA
La mala racha por la que atravesó Caifanes inició con la enfermedad de Hernández, siguió con el accidentado masivo gratuito en la explanada de la delegación Venustiano Carranza, a lo que se sumó la declaración de su representante al asegurar que el PRD había hecho proselitismo en el acto y repercutió en una amenaza de demanda del partido del sol azteca, para culminar con la expulsión de Marcovich y la desintegración.

De su época dorada había escrito hasta el cansancio, pero de su etapa oscura y final de aquel 1995 también habría que hacerlo; pero cómo si el grupo y su mánager ya me habían puesto en su “lista negra” de medios por no saber callar… Pues, bueno, busqué fuentes alternas y de confianza para poder hacer mi trabajo. Y así, un buen día, me topé con la primicia que tanto había buscado: el nombre de la nueva banda… Jaguares.

AYER ME DIJO UNA AVE
Investigué el nombre que usarían y lo conseguí, así que la exclusiva mundial que habían pactado con MTV Latino para difundir a Jaguares ya no lo fue. Además encontré, también por suerte, a una antropóloga que había sido contratada para hacerles un estudio sobre las implicaciones históricas y culturales del jaguar en la cultura prehispánica para que así Hernández y el otro ex caifán, el baterista Alfonso André, pudiesen justificar el nuevo nombre del grupo dándose baños de erudición.

Todo ello repercutió en un veto indefinido del artista, mánager y hasta de su otrora disquera, al grado que cuando se iba a presentar Jaguares en el Auditorio Nacional se solicitó que dos personas no entraran al inmueble bajo ninguna circunstancia: Marcovich y yo.
El ser “non grato” no impidió que cumpliera con mi asignación de cubrir el primer concierto con la nueva alineación y hasta colarme a un “after show” con su productor Don Was.

caifanes55AQUÍ NO ES ASÍ
En el interior del inmueble del Paseo de la Reforma se me acercó un ejecutivo de BMG y me dijo con falsa cortesía: “Es que señor Meraz, usted publica cosas en los tiempos incorrectos” y “ventila los secretos”, a lo que de inmediato repliqué: “Los tiempos los fija el periodista, no la fuente… Soy un reportero, no un confesor”.

La última charla terminó acaloradamente por teléfono con André, quien me dijo que los Caifanes (ya en ese momento sólo Hernández y él) estaban desilusionados de mí; respondí que el sentimiento era recíproco para después soltarle una frase robada a Truman Capote, de su polémico libro “Answered Prayers”: “No sé por qué se han enfadado tanto… ¿A quién creían que tenían ante ustedes, a un bufón de palacio? Pues tenían a un periodista”.

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