POR JORGE ÁVILA

Una de las ventajas que me ha dejado el tener contacto con los famosos ha sido la de poder descubrir el lado humano de los mismos. Una regla que he aplicado siempre al entrevistar a celebridades es la de tratarlas como lo que son, personas como cualquiera que se dedican a un trabajo que los pone en el ojo del público, pero que tienen emociones, necesidades y reacciones iguales a las de cualquier amigo o familiar.

El “bajarlos del pedestal” y mostrarles un verdadero interés más por la persona que por el artista, me ha llevado a vivir situaciones curiosas y agradables con varios de ellos, y esto viene al caso por una anécdota que me ocurrió hace algunos años con Martha Higareda.

A Martha ya la había tratado antes, primero en entrevistas telefónicas y después -justo en esa época en la que la sección de espectáculos del Diario Deportivo Récord estaba en uno de sus mejores momentos- durante una sesión de fotos exclusiva que le hicimos en octubre de 2010 en una plaza comercial ubicada en la zona del Pedregal, al sur de la capital, por su película Te Presento a Laura.

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Martha, durante la sesión especial realizada el 18 de octubre de 2010. Foto: Jorge Neri

Su trato siempre fue más que cordial, bastante ameno, divertido, y sin las poses de diva que muchas adoptan y las hacen insufribles. En este caso no. Martha siempre fue, tengo que reconocerlo, un primor y haciendo que todo fluyera naturalmente.

En ese entonces, principios de 2011, ella estaba en el rodaje de su película Mariachi Gringo (que se estrenó un año después), por lo que la invitamos la mañana del miércoles 9 de febrero a la redacción del periódico para una entrevista y otra sesión de fotos. Llegó como suelen hacerlo los famosos, rodeada del típico entourage de publicistas, asistentes y demás, pero bastante alivianados, para ser sinceros.

Después de que media redacción se alborotó con su presencia -pues hay que reconocerlo: es una mujer menudita pero con mucho carisma y una sensualidad tipo Lolita que no puede pasar desapercibida- la metimos en la que era la sala de juntas de la redacción y comencé la entrevista. Todo iba bien, aunque a los pocos minutos el rostro de Martha comenzó a cambiar, se puso pálida y, literalmente, comenzó a quejarse de un fuerte dolor en el estómago.

Lo que pasó en la siguiente hora, más o menos, fue una de las experiencias más extrañas que he tenido, pues terminé haciéndola de “doctor” y cuidando de ella:

– “Martha, ¿qué tienes? ¿te sientes bien? ¿puedo ayudarte con algo?”

– “No, no te preocupes. Seguro ahorita se me pasa. Creo que algo me cayó mal. Ayer comimos unos mariscos y creo que eso me hizo daño. Ayer no me sentía mal.”

Pero no se le pasó. Si bien el dolor no la tenía en un grito, sí hizo que se tuviera que recostar en varias sillas y tratando de recuperarse. Así que la escena era por demás bizarra: Martha Higareda estaba de visita, pero enferma en la redacción, y el buen samaritano de un servidor a su lado viendo cómo podía ayudarla. Lo curioso es que la gente de su equipo no atinaba más que a preguntarle si quería agua, o un té. Pero nadie se acordó de llamarle a un médico.

Después de varios minutos en los que parecía que estaba a punto de desmayarse, y que fue visitada por el director del diario para ver cómo se encontraba, decidí llamarle por teléfono a mi hermano Esteban, quien es médico, para explicarle lo extraño del asunto:

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Muy profesional, Martha realizó esta sesión de fotos después de haber estado enferma en la redacción de Récord, el 9 de febrero de 2011. Foto: Daniel Gámez

– “Oye, te va a sonar raro, pero fíjate que tengo a Martha Higareda enferma aquí en la redacción y no sabemos qué darle. Se queja de un dolor en el estómago y la tenemos recostada. ¿Qué le podemos dar?”, le pregunté.

– “Ah, no manches. ¿Es en serio? ¿Cuáles son sus síntomas?”, me preguntó mi hermano, completamente incrédulo de lo que le estaba diciendo.

Lo que siguió fue una consulta a larga distancia entre mi hermano y Martha, conmigo de intermediario y ante la mirada y los cuchicheos de una buena parte de la redacción, que veía cómo estaba yo angustiado por la salud de la invitada y cuidándola cual si se tratara de mi hija o mi esposa. Luego de darle a mi hermano sus síntomas, me dijo cuáles medicinas había que comprarle y le di la lista a alguien de su gente para que fuera por ellas.

Mientras esto pasaba, transcurrió un buen rato, quizá unos 30-45 minutos, en los que hubo momentos en que sólo estábamos en la sala de juntas Martha y yo, ella recostada y yo sentado a su lado, platicando de cosas de la vida, de qué era lo que había comido que creyó que le cayó mal, del Cruz Azul y de otras banalidades que tenían como intención que se relajara y se olvidara un rato del dolor. Cuando por fin llegaron con las medicinas, se tomó una pastilla y al poco rato comenzó a sentirse un poco mejor.

Muy profesional ella, insistió en terminar la entrevista e, incluso, en hacer la sesión de fotos. No llevaba maquillista, y al igual que en la sesión de fotos anterior, ella misma se maquilló. Si bien todavía estaba enferma, insistió en hacer su trabajo. Al terminar, me agradeció de manera muy especial no la entrevista, sino los cuidados y la preocupación que mostré por ella.

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Martha Higareda y un servidor, en octubre de 2010. Foto: Jorge Neri

“¡Qué lindo eres, Jorge! Pocas personas se han preocupado de mí así, de corazón. No sabes cómo te agradezco a ti y a tu hermano. Prometo que me voy a tomar las medicinas como me dijo”, fue la cálida despedida de Martha.

De hecho, le di el número del celular de mi hermano, para que le hablara por cualquier cosa, y aunque al final no lo hizo, sé que quedó muy agradecida con quienes nos preocupamos por su salud.

Esa fue la última vez que la he visto en persona. Después de eso intercambiamos algunos correos electrónicos, y en cada uno de ellos me expresaba -sin ninguna necesidad- su agradecimiento. Hace tiempo no tengo contacto con ella, pero más allá de las burlas que recibí en aquella ocasión en la redacción por “hacerla de papá”, o de que quizá pude haber aprovechado ese evento para mi beneficio, o de que igual y Martha no se acuerda de ello, me queda la satisfacción de haber hecho lo correcto no por una famosa, sino por alguien que mostró su lado más humano.

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* Si este texto te gustó, seguramente te gustará también mi anécdota con Salma Hayek y Penélope Cruz, la cual puedes leer aquí: Mi encerrona con Salma y Penélope

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