POR MIGUEL ANDRÉS GONZÁLEZ

Mi madre me lo había advertido en mi tierna juventud: “la realidad es que todos los artistas son así… muy raros”. Y es que cuando los conoces de cerca o averiguas que sus vidas son un pozo sin fondo, te pueden sorprender e incluso decepcionar, porque no es oro todo lo que reluce.

Creo recordar que tan certera hipótesis me la heredó luego de ver en Bellas Artes a Juan Gabriel, uno de los artistas que más le gustaban, a principios de los 90. Pero de inmediato, por pura asociación de ideas, me vinieron a la mente Raphael, Julio Iglesias y tantos otros, y poco después asimilé que la definición era aplicable a toda la fauna artística, incluidos John Lennon, Freddie Mercury, U2, Mecano, Caifanes o Gloria Trevi, entre otros nombres propios con los que fui creciendo. Es decir, que esa condición se imponía más allá del estilo o género de cada ídolo, sus tendencias, manías, fobias, sabiduría o locura.

Y Miguel Bosé no es ajeno a esa circunstancia, naturalmente. Yo lo sabía perfectamente cuando me disponía a entrevistarlo, en otoño de 2001, por el disco Sereno (conocido por piezas como Morenamía). Hasta entonces lo había analizado sobre la perspectiva de su obra, hasta cierto punto bastante influyente en las nuevas generaciones, pero faltaba por saludar de frente a la persona.

Él no necesita ninguna presentación, pues me atrevería a asegurar que ha sido el músico español que ha logrado más ventas de discos y de entradas para conciertos en México durante una trayectoria que ya supera los 40 años. Y si no, debe de ser de los tres con más éxito en ese rubro.

En mi infancia lo vi cantar letras tan pegajosas como la de “Súper Supermán”, “Amante bandido” o “Linda”, pero en su haber tenía muchas más películas (que nunca llegué a ver) que discos; en el escenario usaba vestimentas extravagantes parecidas a faldas y me molestaba especialmente el hecho de que cantara en mítines de la izquierda española, que entonces ostentaba el poder. Tiempo después, precisamente cuando lo de aquella revelación sobre Juanga, enseñó pierna como femme fatale en Tacones lejanos.

Da la impresión de que nunca se quedó con las ganas de experimentar algo. Una de las leyendas urbanas más curiosas y absurdas que le recuerdo es de cuando el actor porno Nacho Vidal declaró que Bosé llevaba unos años sin sexo con el fin de volver a sentirse virgen la próxima “vez”. Como sea, no puede negar la mezcla de sangre torera y artística que le recorre el cuerpo y que lo ha llevado a triunfar allá donde se presente, hasta en los ruedos más salvajes y exentos de glamour, con su labor filantrópica en aisladas comunidades indígenas mexicanas.

Curiosamente, antes de conocerlo fugazmente en la suntuosa suite de un hotel de Polanco, con una magnífica vista al Auditorio Nacional, en Madrid tuve un encuentro con Bimba Bosé, sobrina de Miguel y cuya imagen me dejó asombrado por su extraordinario parecido. La había visto para hablar de asuntos sobre dos sellos discográficos independientes para los que fungía como promotora, uno de música pop y de autor y otro de electrónica; tenía entendido que Miguel Bosé, en su vertiente empresarial, había creado esas compañías.

Con semejante bagaje cultural, para charlar con Bosé, entonces de 45 años, yo me sentía curado de espantos. Además, y fiel a mi costumbre, había preparado la lección después de escuchar el nuevo CD, por lo cual le plantearía varias preguntas en lo concerniente a la serenidad. No obstante, contra todo pronóstico, el artista se encargó de inquietarme –no tengo la forma de saber si inconscientemente- a lo largo de la charla y aquellos minutos tuvieron de todo menos serenidad.

“¿A qué edad perdiste la serenidad?”, le cuestioné, y dijo que “la serenidad no llega sino con la edad, al cabo de un tiempo. Se puede perder los nervios, la calma, la paz, pero la serenidad es algo que va madurándose poco a poco. Para estar sereno hay que tener autoridad sobre lo que tú manejas y sobre lo que tú eres con armonía, sin dejarte llevar por el caos. Y de pequeño no tienes esos conceptos”.

“La serenidad nunca la he perdido, porque nunca la tuve. Ahora, que la tengo, puedo llegar a perderla, pero no lo creo, porque es un estado del cuerpo de entrada por salida. He perdido la calma, los papeles, el norte… Me he quedado sin paz interna y externa, pero serenidad, lo que se dice serenidad, nunca. Antes creí tener estados serenos, pero eran sucedáneos”.

Bosé y yo compartíamos un pequeño sofá y la distancia entre ambos era inferior a un metro, como para romper el hielo de inicio. Sabía que su personalidad arrollaba a cualquiera, y se sentó girado hacia mí, con su cabeza apoyada en el brazo derecho, y éste, sobre el respaldo. Todo el tiempo me observaba. De repente, y mientras le preguntaba que cuál era su medida para recobrar la serenidad, si contaba hasta 10 para no alterarse, se dio lo inimaginable: ¡comenzó a hurgarse la nariz!

Mi reacción fue voltear la cabeza al otro lado, donde no había nada ni nadie, y mientras terminaba mi cuestionamiento, invadido por la perplejidad y la sorpresa, lentamente volví a mirarlo. Él, como si nada hubiera ocurrido.

Me comentó que estaba en el ejercicio de tener que dialogar y convivir con la serenidad, jugando con ese límite para perderla más adelante. Acerca del lugar más sereno que conoció, y después de pensarlo un tiempo, me dijo que Finlandia le atraía por tener una serenidad nada aburrida.

No sé si caí en mi propia trampa, pero el concepto ya empezaba a marearme, y si puedo presumir de un defecto mayúsculo es de perder la concentración con implacable facilidad. Lo importante era que sus respuestas se me hacían ingeniosas e interesantes para el lector. Entonces, mientras lo miraba con relativa tranquilidad y él estructuraba sus frases, se llevó un dedo a la nariz… y otra vez a escarbarse las fosas nasales.

Lo hacía con una fruición y espontaneidad intimidatorias, clavándome los ojos claramente. Dirigí la mirada hacia el alfombrado suelo, maldiciendo por qué carajo no tenía un pañuelo, y pienso que denoté nerviosismo. Me preguntaba si, por su parte, se trataría de una maña, una especie de hipnosis, algo premeditado… sí, me parecía una provocación fuera de lo común, porque él no me apartaba la vista de encima, pero yo, muy “profesional”, saqué el capote, agarré el toro por los cuernos y sólo pensaba en terminar la faena.

¿Has recurrido a algún psicólogo o al consejo de un amigo para hacer lo que nunca habías hecho?
“No siempre. Yo no tengo recetas para cocinar, no hago dos veces la mismo cosa, porque si lo intento no saldrá igual. Me gusta tirar pa’lante, investigar, soy muy curioso, me gusta hacer cosas nuevas y no repetidas. Con el tiempo, algunas cosas las repesco, las pongo al día y las repito de otra forma”.

Acerca de la imagen que lucía en aquella ocasión, cómoda y desaliñada, precisó que le parecía desastrosa, porque compuso las canciones con ese aspecto durante semanas, sin tomar una ducha, tirado en el sofá, en el estudio, dejándose ir por completo. Cuando se veía al espejo, decía, tenía el pelo y la barba muy largos, pero era el comienzo de algo nuevo y por el momento le gustaba, aunque todo tendría un final.

Se dice que la letra de “Morenamía” roza lo pornográfico. ¿Ha hecho Miguel Bosé algo más pornográfico que eso?
“Claro que lo he hecho, es lo más artístico y lo hace todo el mundo: follar. Eso es arte, y olé. Graciosamente la canción me salió ‘pornopop’; tiene claves muy contundentes, que se entienden enseguida”.

¿Por qué incluiste en “Morenamía” el mexicanísimo ‘ahorita’?
“Por México, claro. Hay palabras mexicanas, chilenas, colombianas, argentinas, que ya he incluido tanto en mi vocabulario que me pertenecen. En España, por ejemplo, digo ‘qué onda’, no ‘qué pasa’. Suena mejor. Estoy muy mexicanizado. Esta es mi segunda patria, realmente, pero mi primera patria en lo musical, todo el mundo lo sabe. Adoro a toda Latinoamérica, pero en especial a México, y eso me ha creado grandes conflictos”.

Tras explorar profundamente su diagnóstico sobre la serenidad y debatir sobre los ritmos pop bailables y la dulzura bohemia de Sereno, lo hice reír al preguntarle que si a su próxima gira la bautizaría como Serenata.

“No, para nada, aún no lo sé”.

Con alivio interno y la sensación de que habíamos pasado momentos agradables, pese a los inquietantes problemas en su nariz, me despedí no sin antes pedirle la rúbrica en su disco XXX, de 1987 y el que me parecía el mejor de su carrera, por razones muy personales.

“Ah, ¿sí? No eres el único que lo piensa”, me dijo Bosé, con un atisbo de sonrisa.

Esta historia contiene extractos publicados en Cambio, en noviembre de 2001.

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