POR EDUARDO MARTÍNEZ SOTO ALESSI

Noviembre de 2001 es una fecha que no me trae buenos recuerdos, principalmente por dos razones: murió mi abuelo y murió George Harrison. Nunca fui tan fan de Harrison como de mi abuelo, pero su muerte fue también un momento triste por el hecho de que un segundo Beatle, una de mis bandas favoritas, pasaba a mejor vida. Sí fui muy fan de mi abuelo, porque aunque no fue un beatle, de él tuve muchos aprendizajes y lecciones de vida que hasta ahora recuerdo y aplico. Y bueno… Era mi Nonno.

Pero esa ironía siempre presente en la vida no podía faltar, y en medio de mi duelo personal y musical, en esa fecha también viví una de las experiencias profesionales más divertidas y off the record que he tenido. Tal historia involucró a Acapulco, Kenny y sus Eléctricos, mi colega y fiel compañero de batallas Carlos Vega, y un servidor. Y ocurrió más o menos así…

En la redacción de Esmas.com nos habían encomendado la tarea de cubrir el siempre atroz Festival Acapulco a Vega y a mí. Nada nos parecía más deprimente, pero ambos vimos una oportunidad de trabajar unos días echando un poco de desmadre en la playa.

Como mencioné, tenía pocos día de que había fallecido mi abuelo, y justo al llegar a Acapulco nos enteramos de que el mundo había perdido al Beatle George Harrison, quién después de varios años de lucha había perdido finalmente la batalla contra el cáncer.

Sumado a lo anterior, el festival era peor de lo que esperábamos y las oportunidades de buenas entrevistas o crónicas de conciertos eran prácticamente nulas. Después de recabar reacciones sobre la muerte de Harrison y cubrir horas de “conciertos” con playback, era hora de levantar un poco la moral.

Nos enteramos de que Kenny y los Eléctricos estarían tocando en el ahora desaparecido Hard Rock; tanto Vega como yo teníamos una buena relación con la banda, así que decidimos lanzarnos a verlos. El concierto duró lo que duran seis o siete (o diez) cervezas, y al terminar fuimos invitados al camerino para saludar al grupo. Ahí estaba la legendaria Kenny, Edgar Carrum (su bajista y pareja sentimental), el mítico guitarrista argentino Carlos “Negro” García López (Dios lo tenga en el infierno del rock) y el resto del grupo, que nos recibieron de poca madre y nos extendieron una invitación imposible de rechazar.

“Nos rentaron una casa bien chingona en Las Brisas, ¿por qué no nos vamos a seguirla ahí?” La invitación era clara y tentadora, así que cuando nos dimos cuenta ya íbamos a bordo de dos Suburban dispuestos a enfiestar con una de las grandes figuras del rock nacional.

TODA LA NOCHE SIN PARAR

Subimos por una carretera durante un rato, pues la casa estaba considerablemente lejos, pero al llegar, la vista de la bahía hizo que olvidáramos lo largo que había sido el camino. En nuestra peda la alberca nos pareció la opción obvia, así que de inmediato y con la ropa que traíamos, todos nos abalanzamos al agua sin pensarlo.

Chapoteábamos contentos hasta que de pronto, de la profundidad de la alberca, empezó a salir a flote una cantidad importante de yerba que se quedó flotando sobre la superficie. Y es que alguien –seguramente un asistente de la banda- olvidó que era el encargado de guardar la marihuana y había saltado al agua con todo el stash en las bolsas de la ropa.

La cagotiza al tipo fue inmediata y acto seguido, nos pusimos a “pescar” la mota de la alberca. Buscábamos con desesperación algunos papeles y creo que conseguimos unos periódicos, los cuales extendimos en la orilla de la alberca, y ahí pusimos la yerba, ingenuamente pensando que se secaría y que después de un rato la podíamos fumar.

Evidentemente eso nunca pasó, pues la marihuana una vez mojada ya se jodió. Hubo quien incluso propuso que Kenny sacara su pistola secadora de pelo, para que el proceso de secado fuera rápido (todos queríamos darnos un son), ante lo cual todos reaccionamos contentos por la propuesta, hasta que caímos en cuenta de que estábamos más pedos de lo que creíamos y que la idea era una estupidez: Si usábamos la secadora mientras la mota estaba sobre los periódicos, ésta obviamente se volaría.

Kenny11Entonces decidimos migrar hacia el jacuzzi. Y  fue cuando a Vega y a mí nos cayó el veinte de que ahí estábamos, con la legendaria Kenny y su banda, casi todos en ropa interior, disfrutando con una cuba en la mano y filosofando sobre la vida y el rock.

Entre las cosas que más recuerdo está el hecho de que Kenny era la única que no tomó, ni le iba a entrar a la mota. Nos confesó que ella jamás se había metido ninguna droga y nosotros, como buenos periodistas, dijimos “¿netaa? Seguro lo dices sólo porque estamos aquí nosotros”. Pero no, era real, nunca se ha metido nada.

Otra de las mejores memorias de la noche fue conversar con “El Negro” García López, un tipo tan negro como a toda madre. En aquel momento yo no tenía tan claro con quién estaba hablando, pero con la plática entendí que el guitarrista era toda una institución en Argentina.

Sencillo y alivianado en todo momento, el Negro nos habló de sus grandes años con Charly García y contó muchas anécdotas sobre la escena del rock argentino e hispanoamericano. Lamentablemente al Negrito lo perdimos en 2014, al fallecer en un accidente de auto en Buenos Aires.

¿NOS QUIERES COTORREAR?

Aunque la noche y la peda parecían estar en su mejor momento, llegó el momento que nunca vimos venir: De pronto alguien vio la hora y decidió que la fiesta se había acabado; y citando a Russell Hammond –el líder de la banda ficticia Stillwater en Almost Famous– de pronto nos convertimos en “the enemy”, los intrusos que ya no teníamos porque seguir ahí.

“Mejo lléguenle, esto ya valió madre”, nos dijo Kenny o alguien de la banda, quienes con la misma rapidez que nos habían invitado a subir las camionetas, nos estaban despidiendo en la puerta mientras nos poníamos la ropa. No había mala onda, ni bronca alguna, pero pues básicamente teníamos que desalojar el área.

Fue así como, unos minutos después de haber estado compartiendo la intimidad de la vida de los rockeros,  ahora Vega y yo estábamos parados en medio de una carretera por donde no pasaba nadie, con la ropa medio mojada, pedos y sin haber fumado mota (aunque con un poca todavía revuelta en el pelo). Iniciamos el descenso de la colina con rumbo a nuestro hotel, y con el sol del amanecer iluminando el camino.

Y nada importaba… Acabábamos de confirmar lo chingón que era ser Casi Famosos.

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